Saturday, May 24, 2014

El Precio de la Desigualdad

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PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA (Joseph Stiglitz)

ESPAÑA está en una depresión. Esa es la única palabra que cabe utilizar para describir la economía, con casi uno de cada cuatro trabajadores en el paro y una tasa de desempleo juvenil del 50 por ciento (en el momento del cierre de este libro).

El pronóstico para el futuro inmediato es más de lo mismo, acaso un poco peor. Y ello a pesar de las promesas del gobierno y de los altos funcionarios internacionales en el sentido de que, con los paquetes de austeridad que recetaron para España, el crecimiento a estas alturas ya se habría recuperado. Estos han subestimado reiteradamente la magnitud de la crisis que iban a provocar sus políticas, y, por consiguiente, han subestimado una y otra vez los beneficios fiscales que se derivarían de ellas: las crisis más profundas inevitablemente provocan una disminución de los ingresos y un aumento de los gastos por los programas de desempleo y las políticas sociales. Aunque después intenten achacar la responsabilidad a España por incumplir los objetivos fiscales, lo cierto es que a quien hay que echarle la culpa es a su error de diagnóstico para el problema y a la consiguiente receta equivocada.

Este libro explica cómo las políticas económicas erróneas pueden dar lugar simultáneamente a una mayor desigualdad y a un menor crecimiento, y las políticas que se están adoptando en España, y en Europa en general, suponen un ejemplo perfecto. Durante los años previos a la crisis (sobre todo entre 1985 y 2000) España representaba un caso bastante atípico, en el sentido de que disminuyó la desigualdad en las rentas netas del trabajo y en la renta disponible de las familias(*). Aunque se redujo la desigualdad antes de impuestos, el gobierno «corrigió» la distribución de la renta a través de importantes políticas sociales y de medidas destinadas a mejorar la sanidad pública, y siguió haciéndolo a lo largo de los primeros años de la crisis(**). Pero actualmente la prolongada recesión ha provocado un drástico aumento de la desigualdad(***).Sin embargo, como explicaremos en el capítulo 1, las crisis —sobre todo una depresión como la que está padeciendo

España en la actualidad— son malas para la desigualdad. Los que están desempleados, especialmente los parados de larga duración, tienen más probabilidad de caer en la pobreza. El elevado índice de desempleo presiona los salarios a la baja, y los salarios de la parte más baja son especialmente vulnerables. Y, como la austeridad se ha hecho más estricta, se recortan los programas sociales que son esenciales para el bienestar de los de en medio y los de abajo. Al igual que en Estados Unidos, la caída de los precios de la vivienda, el activo más importante para los de abajo y los de en medio, ha venido a agravar esos efectos.

Las consecuencias del aumento de la desigualdad en España y de su profunda depresión deberían ser un importante motivo de preocupación acerca de su futuro. No es solo que se estén despilfarrando los recursos; el capital humano del país se está deteriorando. Los que tienen una buena cualificación y no consiguen encontrar un empleo en España están emigrando: existe un mercado global para el talento que genera el país. Que esas personas regresen cuando la recuperación se consolide, si es que lo hace, dependerá en parte del tiempo que dure la Depresión.

Hoy en día, los problemas de España son consecuencia en gran medida de la misma mezcla de ideología y de intereses especiales que (como expongo en este libro) en Estados Unidos condujo a la liberalización y desregulación de los mercados financieros y a otras políticas «fundamentalistas del mercado»: unas políticas que contribuyeron al elevado nivel de desigualdad e inestabilidad de Estados Unidos y que han dado lugar a unas tasas de crecimiento mucho menores que en las décadas anteriores. (Esas políticas «fundamentalistas del mercado» también se denominan «neoliberalismo». Como explicaré más adelante, no se basan en una profunda comprensión de la teoría económica moderna, sino en una interpretación ingenua de la economía, basada en los supuestos de una competenciaperfecta, de unos mercados perfectos y de una información perfecta).

En algunos casos, la ideología hizo poco más que disimular los intentos por parte de algunos intereses particulares de cosechar más beneficios. Se estableció un vínculo entre los bancos, los promotores inmobiliarios y algunos políticos: se dejó a un lado y/o no se hizo cumplir eficazmente la normativa medioambiental y de recalificación de terrenos; los bancos no solo no estaban adecuadamente regulados, sino que la escasa normativa existente no se hacía cumplir rigurosamente. Hubo una fiesta. El dinero fluía por doquier.

Una parte de ese dinero fluía hacia los políticos que habían permitido que aquello ocurriera, ya fuera en forma de contribuciones a las campañas electorales o de lucrativos empleos después de desempeñar altos cargos en la Administración. También aumentaron los ingresos por impuestos, y los políticos podían alardear al mismo tiempo del crecimiento que había provocado la burbuja inmobiliaria y de la mejora de la situación fiscal del país. Pero todo aquello no era más que un espejismo: la economía se apoyaba en unos cimientos endebles e insostenibles.

En Europa, las ideas neoliberales y fundamentalistas del mercado están integradas en la infraestructura económica básica que subyace a la Unión Europea, y sobre todo a la eurozona. Se suponía que esos principios darían lugar a una eficiencia y a una estabilidad mayores; y que todo el mundo, o eso se creía, iba a beneficiarse del aumento del crecimiento, de modo que se prestó poca atención a las consecuencias que las nuevas reglas iban a tener para la desigualdad.

De hecho, esos principios han traído consigo un menor crecimiento y una mayor inestabilidad. Y en la mayoría de los países de la Unión Europea, incluso antes de la crisis, pero todavía más después, a los de abajo y a los de en medio no les han ido bien las cosas. Este libro expone muchas de las falacias que contiene la ideología fundamentalista del mercado y explicapor qué han fracasado una y otra vez las políticas basadas en ella. Pero vale la pena examinar con más detalle cómo se han desarrollado esas cuestiones en Europa.

Consideremos el principio de la libertad de circulación de los trabajadores. Se suponía que iba a dar lugar a una asignación eficiente de la mano de obra, y en algunos casos eso puede ser cierto. Pero con unos niveles de endeudamiento tan elevados en numerosos países, los jóvenes pueden eludir el pago de las deudas de sus padres simplemente emigrando; los impuestos destinados al pago de esas deudas provocan una emigración ineficiente. Pero ello también genera una dinámica adversa: a medida que los jóvenes emigran, aumenta la carga fiscal sobre los demás, y ello trae consigo mayores incentivos para la emigración ineficiente.

O consideremos el principio de la libre circulación de las mercancías, combinado con la incapacidad de conseguir una armonización fiscal. Las empresas (y las personas) tienen incentivos para trasladarse a una jurisdicción con impuestos más bajos, desde la que pueden enviar sus mercancías a cualquier punto de la Unión Europea. La ubicación de las empresas no se basa en dónde resulta más eficiente la producción, sino en dónde son más bajos los impuestos. Ello, a su vez, desencadena una competición a la baja: crea una presión no solo para reducir los impuestos al capital y a las grandes empresas, sino también para bajar los salarios y empeorar las condiciones de trabajo. La carga de la fiscalidad se traslada a los trabajadores. Y como una gran parte de la desigualdad está asociada a la desigualdad en los beneficios del capital y en los dividendos de las grandes empresas, la desigualdad de ingresos en su conjunto (después de impuestos y transferencias) aumenta de forma inevitable.

El denominado principio del mercado único, por el que un banco regulado por cualquier gobierno europeo puede operar en cualquier lugar de la Unión Europea, combinado con la libre circulación del capital, probablemente representa lo peor de laspolíticas neoliberales. Durante los años previos a la crisis asistimos a un aspecto de ese fenómeno: los productos financieros y los depósitos procedentes de países insuficientemente regulados provocaron estragos en otros países; los países anfitriones fueron incapaces de cumplir su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos y a sus economías. De la misma forma, la doctrina que afirma que los mercados son eficientes —y que los gobiernos no deberían interferir en sus portentosos mecanismos— dio lugar a la decisión de no hacer nada respecto a las burbujas inmobiliarias que estaban formándose en Irlanda, España y Estados Unidos.

No obstante, los mercados han sufrido reiteradamente episodios de un optimismo y un pesimismo irracionales: fueron excesivamente optimistas durante los años posteriores a la creación del euro, y el dinero fluyó al sector inmobiliario de España e Irlanda; y hoy en día son excesivamente pesimistas, y el dinero sale huyendo de esos países. La salida de capitales debilita aún más la economía. Y el principio del mercado único exacerba el problema: cualquier residente de Grecia, de España o de Portugal puede transferir sus euros a una cuenta corriente de un banco alemán con relativa facilidad. Sin embargo, el sistema bancario, al igual que los demás aspectos de la euro- economía, está distorsionado. El terreno de juego no está nivelado. La confianza en un banco depende de la capacidad del gobierno de rescatar a los depositantes del banco en caso de que hubiera algún problema, sobre todo teniendo en cuenta que hemos permitido que los bancos se hagan cada vez más grandes, y que negocien con productos financieros complejos, no transparentes y difíciles de tasar. Los bancos alemanes tienen ventaja sobre los bancos españoles simplemente porque hay una mayor confianza en la capacidad de Alemania para rescatar a sus bancos. Ahí hay una subvención oculta. Pero eso, una vez más, crea una espiral descendente: a medida que el dinero sale del país, la economía se debilita, lo que socava la confianza en que su gobierno sea capaz de rescatar los bancos del país, lo que a su vez provoca una mayor salida de capitales.Actualmente, hay otros aspectos del marco económico de Europa que contribuyen a agravar sus problemas: el banco central Europeo se centra de forma inquebrantable en la inflación (a diferencia de Estados Unidos, donde el mandato del banco central incluye el crecimiento, el empleo y la estabilidad financiera). En el capítulo 9 se explica por qué centrarse en la inflación contribuye a una mayor desigualdad. Pero actualmente, la diferencia entre esos mandatos es especialmente perjudicial para Europa. Como Estados Unidos ha reducido sus tipos de interés prácticamente a cero y Europa no, el euro está más fuerte que en otras circunstancias, y eso debilita las exportaciones y fortalece las importaciones, lo que destruye más empleos todavía.

El problema fundamental del euro fue que eliminó dos de los mecanismos esenciales para realizar ajustes frente a una crisis que afectó de una forma diferente a unos países y a otros —los mecanismos del tipo de interés y del tipo de cambio— sin sustituirlos por nada. La eurozona no era lo que los economistas denominan un «área monetaria óptima», un grupo de países donde resulta viable compartir la misma moneda. Cuando los países se enfrentan a una crisis, una forma que tienen de adaptarse es mediante el tipo de cambio. Eso es válido incluso para países similares, como Estados Unidos y Canadá; el tipo de cambio entre ambos ha sufrido acusadas variaciones.

Pero el euro impone una limitación a los ajustes.

Algunos sugieren que una alternativa a modificar el tipo de cambio es reducir todos los salarios y los precios dentro de un país. Eso se denomina devaluación interna. Si la devaluación interna resultara fácil, el patrón oro no habría supuesto un límite para los ajustes durante la Gran Depresión. Resulta más fácil que los países como Alemania realicen ajustes a través de una apreciación real de su divisa (como está haciendo actualmente China) que un ajuste por parte de sus socios comerciales mediante una depreciación real de su moneda. La apreciación real puede lograrse mediante la inflación. Es más fácil conseguir una inflación moderada que un nivel equivalente de deflación. Pero Alemania se ha mostrado reacia hasta el momento.

La consecuencia de que el tipo de cambio real de Alemania sea demasiado bajo es exactamente la misma que en el caso de China: tiene un superávit (al igual que China), y sus socios comerciales (como España) tienen un déficit comercial  Cuando existen desequilibrios, la responsabilidad es tanto del país con superávit como del país deficitario, y la carga del ajuste debería recaer en el país donde resulta más fácil realizarlo. Esa es la doctrina que ha proclamado el resto del mundo en sus negociaciones con China. Esta ha respondido con un sustancial aumento de su tipo de cambio real a partir de 2005. Pero el ajuste correspondiente no se ha producido dentro de Europa.

No todos los países pueden tener superávit, y por tanto la idea de algunos círculos económicos alemanes de que los demás deberían imitar sus políticas resulta, en cierto sentido, sencillamente incoherente. Por cada superávit tiene que haber un déficit. Y, particularmente hoy en día, los países con superávit están imponiendo un coste a los demás: actualmente, el problema mundial es una falta de demanda agregada global, un problema al que contribuyen los superávits comerciales.

Resulta aleccionador comparar Europa con Estados Unidos. Los cincuenta estados de la Unión comparten una moneda común. Pueden servir de ejemplo algunas diferencias entre Estados Unidos, donde existe una divisa común, que funciona, y Europa. En Estados Unidos, dos tercios de todo el gasto público corre a cargo de la Administración central. El gobierno federal asume la mayor parte de las prestaciones sociales, del seguro de desempleo y de las inversiones en capital, como las carreteras y la I + D. Las políticas anticíclicas son asunto del gobierno federal. El gobierno federal respalda a los bancos —incluso a la mayor parte de los bancos de ámbito regional— a través de la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC). Hay libertad de movimientos, pero en Estados Unidos a nadie le importa que un estado, como por ejemplo Dakota del Norte, se quede sin población a consecuencia de la emigración. De hecho, eso abarata el coste de comprar el voto del parlamentario de ese estado.

El euro era un proyecto político, pero en ese proyecto la política no era lo suficientemente fuerte como para «completarlo», como para hacer lo necesario para que un área monetaria aunara a un grupo tan variopinto de países. Existía la esperanza de que, con el tiempo, el proyecto se culminara a medida que el euro fuera integrando a los países. En la práctica, su efecto ha sido justamente el contrario. Se han reabierto viejas heridas y se han desarrollado nuevos antagonismos.

Cuando las cosas iban bien, nadie pensaba en esos problemas. Yo tenía la esperanza de que la crisis de la deuda griega que estalló en enero de 2010 aportara el impulso necesario para llevar a cabo reformas más fundamentales. Pero se hizo muy poco. Ha habido una serie de medidas, y todas y cada una de ellas han servido poco más que como un paliativo temporal. Al cierre de este libro, los tipos de interés que tiene que pagar España están en unos niveles insostenibles, y no hay visos de una recuperación a corto plazo.

El error más grave que ha cometido Europa, instigada por Alemania, es que ha achacado los problemas de los países periféricos, como España, a un gasto irresponsable. Aunque es cierto que Grecia había incurrido en grandes déficits presupuestarios durante los años previos a la crisis, tanto España como Irlanda tenían superávit y un reducido nivel de endeudamiento (en relación con su PIB). Así pues, centrarse en la austeridad ni siquiera habría evitado una repetición de la crisis, y mucho menos habría resuelto la crisis que afecta a Europa.

Anteriormente he descrito cómo el alto índice de desempleo está incrementando la desigualdad. Y dado que los más ricos gastan una menor proporción de sus ingresos que los de abajo —a los que no les queda más remedio que gastárselo todo— la desigualdad da lugar a un debilitamiento de la economía. Se produce un círculo vicioso descendente. Y la austeridad lo exacerba todo. Hoy en día, el problema en Europa es una demanda agregada insuficiente. A medida que se prolonga la Depresión, los bancos están menos dispuestos a prestar dinero, los precios de la vivienda disminuyen, y las familias se empobrecen cada vez más y tienen un futuro cada vez más incierto, lo que contribuye ulteriormente a inhibir el consumo.

Ninguna economía grande —y Europa es una gran economía— ha conseguido salir de una crisis al tiempo que imponía austeridad. La austeridad, de forma inevitable y predecible, siempre empeora las cosas. Los únicos ejemplos donde el rigor fiscal ha ido acompañado de una recuperación se han dado en países pequeños, habitualmente con unos tipos de cambio flexibles, y cuyos socios comerciales crecían con solidez, de forma que las exportaciones llenaron el vacío creado por los recortes en el gasto público. Pero esa no es en absoluto la situación a la que se enfrenta España hoy en día: sus principales socios comerciales están en recesión, y el país no tiene poder de decisión sobre su tipo de cambio. Los líderes europeos han reconocido que los problemas no se resolverán sin crecimiento. Pero no han conseguido explicar la forma de conseguir crecimiento con austeridad. De forma que también ellos proclaman que lo que hace falta es restablecer la confianza. La austeridad no genera ni crecimiento ni confianza.

Las políticas fallidas de los dos últimos años por parte de Europa, a base de intentar poner parches de forma reiterada, errando en el diagnóstico de los problemas de Europa, han socavado la confianza. Como la austeridad ha acabado con el crecimiento, también ha destruido la confianza, y seguirá haciéndolo, independientemente de los muchos discursos que se pronuncien acerca de la importancia de la confianza y del crecimiento.Las medidas de austeridad han sido particularmente ineficaces, porque el mercado se daba cuenta que iban a traer consigo recesiones, inestabilidad política, y unas decepcionantes mejoras en la situación fiscal, a medida que disminuyeran los ingresos fiscales. Las agencias de calificación bajaban la nota de los países que adoptaban medidas de austeridad, y con razón.

La nota de España se redujo cuando se aprobaron las primeras medidas de austeridad: la agencia de calificación creía que España iba a cumplir lo que prometía, y sabía que eso significaba un bajo crecimiento y un aumento de sus problemas económicos.

Al mismo tiempo que la austeridad se diseñó para resolver la crisis de la «deuda soberana», a fin de salvar el sistema bancario, Europa se ha dedicado a adoptar una serie de medidas temporales igual de ineficaces. Durante el pasado año,

Europa se ha entregado a una costosa e infructuosa estrategia de castillo de naipes para salir del atolladero: aportar más dinero a los bancos para comprar deudas soberanas contribuyó a apoyar las deudas soberanas; y aportar más dinero a las deudas soberanas contribuyó a apoyar a los bancos. Eso no era más que economía vudú, un regalo oculto a los bancos por valor de decenas de miles de millones de dólares, pero del que los mercados se dieron cuenta enseguida. Cada medida no suponía más que un paliativo a corto plazo, cuyos efectos se disipaban más deprisa de lo que habían advertido los expertos. Al quedar plenamente en evidencia la estrategia de castillo de naipes, se ha puesto en peligro el sistema financiero de los países en crisis.

Finalmente, casi dos años y medio después del comienzo de la crisis, Europa aparentemente se dio cuenta de la insensatez de esa estrategia. Pero aun así, fue incapaz de diseñar una alternativa eficaz.

Hay un segundo flanco (además de poner en orden el ámbito fiscal) en la estrategia de Europa: las reformas estructurales destinadas a hacer más competitivas las economías con problemas. Las reformas estructurales son importantes, pero llevan tiempo y son medidas del lado de la oferta; hoy en día lo que está limitando la producción es la demanda. Las equivocadas medidas del lado de la oferta (así las denominan) —aquellas que hoy dan lugar a una disminución de los ingresos— pueden exacerbar la escasez de la demanda agregada. Así pues, las medidas destinadas a mejorar el mercado de trabajo no conducirán a más contrataciones a menos que exista una demanda para los bienes que producen las empresas. Asimismo, debilitar a los sindicatos y la protección al empleo muy bien podría traer consigo una disminución de los salarios, una demanda menor, y más paro.

Las doctrinas neoliberales sostenían que trasladar a los trabajadores desde los sectores subvencionados hacia usos más productivos aumentaría el crecimiento y la eficiencia. Pero en situaciones como la de España, donde el desempleo ya es elevado de por sí, y sobre todo cuando el sector financiero es débil, lo que ocurre es que los trabajadores se trasladan desde los sectores subvencionados de baja productividad al desempleo; y la economía se ve ulteriormente debilitada por la consiguiente reducción del consumo.

Europa lleva ya varios años pasando apuros, y el único resultado es que, al cierre de este libro, no solo los países en crisis, sino Europa en su conjunto, ha caído en la recesión.

Existe un conjunto alternativo de medidas que podrían dar resultado, que por lo menos podrían acabar con la Depresión, poner fin al corrosivo aumento de la pobreza y de la desigualdad, e incluso restablecer el crecimiento. Un principio aceptado desde hace tiempo es que un aumento equilibrado de los impuestos y el gasto estimula la economía, y si el programa está bien diseñado (impuestos a los más ricos, gasto en educación) el aumento del PIB y el empleo puede ser significativo.

Sin embargo, lo que puede hacer España es limitado. Si se pretende que el euro sobreviva, Europa tiene que actuar. En conjunto, Europa no está en una mala situación fiscal —en comparación con Estados Unidos, su ratio entre deuda y PIB es más favorable—. Si cada estado de la Unión fuera íntegramente responsable de su presupuesto, incluyendo el pago de las prestaciones por desempleo, también Estados Unidos sufriría una crisis fiscal. La lección es obvia: el todo es más que la suma de las partes. Europa tiene a su disposición distintas formas de actuar conjuntamente, más allá de las medidas que ya ha adoptado.

En Europa ya existen instituciones, como el Banco Europeo de Inversiones, que podrían contribuir a financiar las inversiones necesarias en las economías escasas de liquidez. Europa debería incrementar su crédito. Asimismo, deberían aumentar los fondos disponibles para apoyar a las pequeñas y medianas empresas; mientras que las grandes empresas podrían recurrir a los bancos de inversión. La contracción del crédito por parte de los bancos afecta de forma especialmente grave a esas empresas, y en todas las economías esas empresas son la fuente de creación de puestos de trabajo. Esas medidas ya están sobre la mesa, pero no es probable que sean suficientes.

Lo que hace falta es algo mucho más parecido a un Tesoro común: un fondo europeo de solidaridad más grande para la estabilización, o los eurobonos. Si Europa (y el BCE en particular) tuviera que pedir prestado, y a su vez prestar lo obtenido, disminuiría el coste de los intereses de la deuda de Europa, y eso dejaría margen para el tipo de gastos que podrían promover el crecimiento y el empleo.

Sin embargo, las políticas comunes que se están discutiendo actualmente son poco más que un pacto de suicidio: un acuerdo para limitar el gasto de acuerdo con los ingresos, incluso durante una recesión, sin un compromiso de los países que gozan de una posición más fuerte para ayudar a los más débiles. Una de las victorias de la Administración Clinton fue la derrota de un intento parecido por parte del Partido Republicano a fin de imponer una enmienda constitucional para garantizar un presupuesto equilibrado. Por supuesto, no podíamos prever el derroche fiscal de la Administración Bush, ni las irresponsables políticas de desregulación, ni la inadecuada supervisión que dieron lugar al aumento astronómico de la deuda federal. Pero aunque lo hubiéramos previsto, estoy convencido de que habríamos llegado a la misma conclusión. Es un error no utilizar las herramientas de que dispone un país; una de las principales obligaciones de la economía moderna es mantener el pleno empleo, y es imposible que la política económica por si sola lo consiga.

En Alemania hay quien alega que Europa no es una unión de transferencias. Existen muchas relaciones económicas que no son uniones de transferencias —una zona de libre comercio es un ejemplo—. Pero el sistema de una moneda única pretendía ir más allá. Europa y Alemania tendrán que afrontar la realidad: si no están dispuestas a modificar el marco económico más allá de un acuerdo de austeridad fiscal, es imposible que el euro funcione. Es posible que sobreviva algún tiempo, y que provoque un terrible daño en sus estertores de muerte. Pero no logrará sobrevivir.

Análogamente, tan solo existe una salida para la crisis bancaria: un marco bancario común, un respaldo por parte de toda Europa al sistema financiero. No es de extrañar que los bancos que gozan de las subvenciones implícitas de los gobiernos que están en mejores condiciones financieras no quieran eso. Están disfrutando de una ventaja competitiva. Y en todas partes los banqueros tienen una excesiva influencia en sus gobiernos.

Las consecuencias serán profundas y duraderas. Los jóvenes que no consiguen encontrar un empleo digno durante mucho tiempo acaban frustrados. Cuando por fin encuentran un trabajo, es por un salario mucho menor. Normalmente, la juventud es el periodo en que se adquiere la cualificación. Hoy en día es un periodo en que la cualificación se atrofia. El activo más valioso de la sociedad, el talento de su gente, se estáechando a perder, e incluso se está destruyendo.

En este mundo hay muchos desastres naturales: terremotos, inundaciones, ciclones, huracanes, tsunamis. Es lamentable que haya que añadir a la lista un desastre provocado por el hombre. Pero eso es lo que está haciendo Europa. De hecho, ignorar deliberadamente las lecciones del pasado es un acto criminal. El dolor que está padeciendo Europa, sobre todo la gente pobre y los jóvenes, es innecesario. Existe, como he apuntado, una alternativa. Pero España no puede actuar sola. Las políticas necesarias son políticas europeas. La tardanza en comprender esa alternativa puede resultar muy costosa.

Desgraciadamente, en este momento no se está discutiendo el tipo de reformas que lograrían que el euro funcione, por lo menos en público. Como he señalado anteriormente, lo único que tenemos son perogrulladas sobre la responsabilidad fiscal, y sobre el restablecimiento del crecimiento y la confianza. Discretamente, los profesores de economía y otros expertos están empezando a hablar de un «Plan B»: qué puede ocurrir si persiste la falta de voluntad política que quedó de manifiesto en la fundación del euro —la voluntad política de crear las estructuras institucionales que conseguirían hacer funcionar la moneda única—. La conocida metáfora dice que resulta muy costoso volver a meter la pasta de dientes en el tubo. Pero también lo es mantener el deficiente ordenamiento institucional actual. Existen en el pasado ejemplos de acuerdos monetarios que se han venido abajo. Y hay un precio que pagar por ello. Pero hay vida más allá de la deuda y la devaluación. Y esa vida puede ser mucho mejor que la depresión a la que hacen frente hoy en día algunos países europeos. Utilizo ese término con conocimiento de causa. El índice de desempleo y el crecimiento de España merecen calificarse con esa temible palabra que empieza por «d». Otra cosa sería que se viera luz al final de este túnel. Pero la austeridad no ofrece ninguna garantía de un mundo mejor en un futuro inmediato. La historia y la experiencia no nos aportan base alguna para la confianza.

Y si la depresión efectivamente se prolonga, quienes más sufrirán serán los de abajo.

La Jornada

Prevé PC oleaje alto y lluvias muy fuertes con tormentas eléctricas en Guerrero - La Jornada Guerrero

Prevé PC oleaje alto y lluvias muy fuertes con tormentas eléctricas en Guerrero - La Jornada Guerrero:



"El mandatario explicó que esta designación se da en una etapa transitoria, y señaló que en próximos días enviará el decreto de reforma a la Ley Orgánica de la Administración Pública, para elevar la Subsecretaría de Protección Civil a rango de Secretaría."



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La Jornada: Reduce Hacienda en un tercio su pronóstico de crecimiento

La Jornada: Reduce Hacienda en un tercio su pronóstico de crecimiento:



"En el primer año del sexenio actual el PIB fue de 1.1 por ciento y con esta nueva proyección el promedio de crecimiento en los dos primeros años del gobierno priísta sería de 1.9 por ciento, por debajo del desempeño promedio anual de 2.2 por ciento de los pasados 30 años."



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La Jornada: Se queda en Tamaulipas la fuerza federal hasta completar la tarea

La Jornada: Se queda en Tamaulipas la fuerza federal hasta completar la tarea:





 "En Tamaulipas se han incrementado los delitos, como el secuestro y la extorsión, especialmente la violencia, y el gobierno federal permanecerá aquí para combatirlos hasta que completemos esta tarea, ofreció el presidente Enrique Peña Nieto."



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Tuesday, May 20, 2014

Capital

Desde la Revolución Francesa de 1789, la humanidad empezó una nueva etapa: Se llama capitalismo. Otra fecha importante es 1688, con la llamada Revolución Gloriosa. Una consecuencia importante de estas revoluciones fue la práctica social de reportar el valor de las propiedades con fines tributarios. Una novedad fue la declaración de ingresos por trabajo. Tenemos así dos fuentes de riqueza, el trabajo y la propiedad. Desde esas fechas y más aún con anterioridad, se genera la desigualdad social. Los dueños del capital, acumulan más riqueza.

Para entender la dinámica del capital, tenemos que saber Economía e Historia.

Acaba de aparecer el libro: Capital en el Siglo Veintiuno de Thomas Piketty. A medida que avance mi lectura de este libro, lo integraré a este blog.

Monday, May 19, 2014

Sergio Anaya - Wikipedia, la enciclopedia libre

Sergio Anaya - Wikipedia, la enciclopedia libre:



 "Sergio Enrique Anaya Basave (nacido el 22 de mayo de 1942 en Ciudad de México), conocido como Xelajú Anaya, es un jugador de fútbol mexicano retirado, que jugaba en la posición de delantero. Jugó para el Xelajú MC, León, Pumas de la UNAM y Unión de Curtidores."



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Sunday, May 18, 2014

La Jornada: Como dijimos, hay que desarrollar la industria: refinerías

La Jornada: Como dijimos, hay que desarrollar la industria: refinerías:



"El domingo pasado pusimos ejemplos de desarrollo masivo de hidroelectricidad, electricidad con el viento y geotermia. Hoy, las muy necesitadas refinerías. Ya hemos hablado de que deben ser de Pemex, e insistimos."



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