Saturday, June 6, 2015

Gustavo Gordillo / V y última

E
s indispensable que votemos mañana porque lo que se está jugando más allá de los partidos y de esta decadente clase política es la propia sobrevivencia de una democracia frágil y endeble.
Contexto. Una crisis económica que profundiza el estancamiento de 25 años, una crisis de representación expresada en el deterioro del sistema de partidos, una larvada crisis del sistema de justicia de la cual Iguala es un caso paradigmático pero no único. Su confluencia se magnifica con la ausencia de un puente mínimo de confianza de los ciudadanos frente a las autoridades sean o no gubernamentales.
La rabia. En mi primer artículo de esta serie decía que la rabia se desenvuelve en diferentes espacios de la sociedad mexicana. Lo mismo en zonas de alto riesgo que en territorios que gozan de relativa seguridad. Afecta a regiones de rápido crecimiento, así como a bolsones de estancamiento. Se trasmite al interior de instituciones en los tres poderes y en los órganos cada vez menos autónomos.
Los privilegios. Las cínicas muestras de privilegios se toleran mucho menos que en el pasado y hechos horripilantes que apenas habían merecido débiles protestas se convierten en explosiones de descontento. Se rechazan los privilegios que han sido cada vez más ostensibles, pero también la impunidad a pesar de la enorme sanción moral que se expresa en redes, en encuestas y en actitudes.
Una democracia coja. Los canales de mediación y resolución de conflictos están azolvados. La capacidad de los gobierno federales y estatales para negociar y resolver conflictos sociales se mueve intermitentemente entre la amenaza del garrote, las represiones selectivas, los intentos de cooptación y la entrega de franjas territoriales a la ilegalidad en sus distintas expresiones.
Parece entonces que, como señaló Cossío Villegas, hemos alimentado nuestra marcha democrática bastante más con la explosión intermitente del agravio insatisfecho que con el arrebol de la fe en una idea o una teoría.
El dilema electoral. El dilema es claro: aceptar el espacio electoral como el ámbito para dirimir discrepancias y contradicciones; o romper con el espacio electoral tout court. Aceptar el espacio electoral puede asumir muchas variantes: votar por un partido o candidato, votar por castigo, votar anulando. No aceptar el espacio electoral llamando a no votar para proponer mecanismos de construcción comunitaria democrática desde abajo es una opción válida aunque a mi juicio incorrecta siempre y cuando se desarrolle en el marco de asumir las reglas de la democracia.
La deslealtad. Pero hay dos formas de acción desleales con la democracia que la dañan de manera deliberada. Una es la violación sistemática de las leyes, como lo ha hecho el Partido Verde, sus patrocinadores, y un numero importante de integrantes de las elites económicas que no pagan impuestos, forman parte del consorcio de la corrupción de obras y bienes públicos y además exhiben descaradamente sus privilegios y canonjías.
Otra es el uso de la violencia para impedir que otros ciudadanos puedan ejercer su derecho a votar como está ocurriendo en Oaxaca y, de manera más limitada pero no menos ominosa, en otras entidades como Guerrero, Michoacán, Chiapas o Tamaulipas. En estas regiones han desaparecido en sentido riguroso los poderes constituidos.
Mejor coja que re-coja. Deseo que el resultado electoral para el Congreso federal y los resultados en varias gubernaturas expresen el desencanto con los tres partidos principales y con el proceso electoral y la enorme desconfianza a darle a ningún partido, coalición o grupo un mandato contundente que pueda conducir a una lectura errónea del grado de deterioro social en el país.
Quizás nos daría a todos, pero particularmente a las elites políticas y económicas, una última oportunidad para reformarse y corregirse.
A mi amigo y compañero Manuel Camacho Solís


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