Wednesday, June 8, 2016

¿Moraleja? Gobernar mejor


Claudio Lomnitz
L
as elecciones del domingo hacen pensar que, de momento, al menos, la ideología ha cedido importancia al clamor por la eficacia. No necesariamente se trata de una mala noticia: México requiere y merece una mejora cualitativa mayúscula en buena parte de sus aparatos de gobierno. La falta de entusiasmo por los gobiernos estatales y por los partidos políticos se manifestó en una baja participación en la jornada electoral, que frecuentemente castigó la falta de honradez y eficacia de los gobiernos en turno. Conseguir gobiernos capaces de gobernar es una demanda crucial, que en esta ocasión movilizó más votos que la ideología. ¿Qué sucedió en el plano ideológico? Quizá el respiro poselectoral sea un momento propicio para pensar en este asunto.
Morena intentó distinguirse como partido con una militancia ideológica. Lo hizo negándose a hacer alianzas con otros partidos, para quedar como el único partido que no cede en principios, y a partir de la identificación entre su líder y el pueblo. Por esto, la presencia de López Obrador legitimando a los candidatos de Morena resulta indispensable. Morena es un partido armado en torno de un líder que se identifica con el pueblo, y que ha adoptado para sí una política de con el pueblo, todo; contra el pueblo, nada que se traduce en una política deconmigo o contra mí.
Esta clase de fórmula tiene una relación compleja respecto de la división tradicional –y cada vez más difícil de definir– entre izquierdas yderechas. Es una postura que tiene de izquierdas el ideal clásico del jacobinismo, que imaginaba la soberanía nacional a partir de una relación sin filtros entre el pueblo y el Estado. En el caso del bonapartismo, o del caudillismo latinoamericano, la relación pueblo/Estado iba mediada por el cuerpo del líder, quien era imaginado como la personificación misma del pueblo. En este aspecto, entonces, el caudillismo popular tiene raíces de izquierda. Pero las tiene, también, de las derechas, que saben aprovechar muy bien la intolerancia a todo lo que quede fuera de lo que el líder defina popular y bueno.
Y en las sociedades complejas, queda muchísimo afuera. Así, por poner un ejemplo, en la época de mayor éxito de Hugo Chávez, la población que él llamaba escuálidarepresentaba cerca de 40 por ciento del electorado. El imaginario del poder popular (con el pueblo, todo; contra el pueblo, nada) suele tildar deoligarca o de traidor a lo que quede fuera de su idea de lo nacional-popular, pero en realidad lo que queda fuera es siempre muchísimo más que una mera oligarquía, porque la idea de que la nación y el pueblo son lo mismo no se corresponde con la realidad económica del mundo actual. El poder
Morena es ideológicamente ambigua: puede ser pro o antigay; pro o antifeminista; pro o antiambientalista; pro o anticapitalista, etcétera. Como la militancia comprende esta condición, ha tenido el buen tino de buscar líderes eficaces, como Monreal o Scheinbaum en la Ciudad de México, que le están ganando cancha al partido, muy bien ganada, pero no tanto por su ideología como por su capacidad de trabajo.
El PRD, por su parte, sí ha hecho intentos –no demasiado brillantes, quizá– de constituirse en un partido basado en una ideología clara. El PRD quisiera ser la izquierda moderna de México, y no fundada en la lógica de inclusión/exclusión del jacobinismo obradorista. Pero el PRD ha hecho tantas concesiones a tantos niveles, que el llamado a identificarse con la ideología que proclama no ha sido suficientemente convincente. Sus múltiples transacciones no han quedado bien explicadas. Su experiencia como partido en el poder no ha quedado suficientemente explicado. Y por eso, Iguala pasa su factura, aunque sea injusto que el PRD solo la pague.
Por su parte, el llamado del jefe de Gobierno de la Ciudad de México a escribir una nueva Constitución no llegó al electorado como culminación de un gobierno pleno de logros, no llegó como un llamado a refrendar los proyectos gobierno desde el agradecimiento. La falta de interés por un nuevo constituyente para la Ciudad de México sugiere que aún en la Ciudad de México importa más la eficacia, la honradez y la justicia, que redactar nuevas y flamantes leyes. Para usar la fórmula de Octavio Paz, al electorado le ha importado más que el gobierno se dedique al país real que al país legal. No siempre ha sido así, pero parece haber sido el caso en esta votación.
Los triunfos sorprendentes del PAN sugieren poco más o menos lo mismo. En varios estados, los candidatos del PAN iban en alianza con el PRD, lo que sugiere acuerdos pragmáticos antes que ideológicos. La principal promesa del PAN fue la alternancia misma, que se consolidó como un recurso de presión para el electorado. En algunos casos, la idea de justicia y de aplicación de la ley ha sido importante: el Yunes del PAN veracruzano promete meter a la cárcel al (próximo ex) gobernador Duarte. En esto, se hermana con candidatos independientes, como El Bronco, así como con el propio López Obrador. Si Yunes cumple en esto, la alternancia estaría comenzando a servir para ponerle límites a los políticos, desde la política misma, cosa que no estaría del todo mal.
Por último, y caso que a alguien se le ocurriera pensar en eso, tampoco se puede hablar de una ideología del PRI en estos momentos, que se presenta con alianzas con un Partido Verde que nada tiene de verde, y que puede representar más o menos cualquier cosa. En la elección de Aguascalientes, el PRI hasta se alió con el PT, que es un partido que hizo lamentación pública por la muerte de Kim Jong-Il, de Corea del Norte. Hoy día no es fácil saber lo que representa el PRI en un plano ideológico, brebaje de Televisa- light, con lo que pueda haber de profundo en Atlacomulco.

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