Wednesday, January 11, 2017

Invertir en el imaginario económico

Claudio Lomnitz
A
yer el líder laborista inglés Jeremy Corbyn se declaró en favor de que en Inglaterra se declare un salario máximo; es decir, un tope superior de cuánto puede recibir un individuo como remuneración por su trabajo. El principio no me parece malo. El dinero entre quienes tienen ha llegado hoy a extremos obscenos.
Los multimillonarios de hoy tienen tanto, que el principio de propiedad mismo comienza a perder sentido. La relación entre trabajo, propiedad y personalidad que en su momento esbozó John Locke no tiene nada que ver con la riqueza de hoy. Así, busqué en Wikipedia cuánto valen Carlos Slim, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, etcétera. Según esa fuente, Slim vale abajito de 50 mil millones de dólares, Gates vale abajito de 84 mil millones, Zuckerberg arribita de 52 mil millones, y por ahí se van. ¿Qué puede significar tener algo así?
Este problema del sentido de poseer, del sentido de la propiedad, fue tratado de forma memorable por Orson Welles en la película El ciudadano Kane, donde el protagonista, inspirado en el magnate William Randolph Hearst, se construye un castillo con bodegas repletas de trofeos adquiridos en el mundo entero; sin embargo, muere pensando en un humilde trineo, Rosebud, que tuvo en su infancia feliz, mucho antes de enloquecer de poder y soledad.
Los magnates austeros saben algo de eso –Carlos Slim quizá sea un ejemplo– y suelen imaginarse a sí mismos como custodios antes que como amos absolutos de la riqueza que controlan. El punto de vista no es del todo incorrecto (finalmente saben que jamás podrán consumir tanta riqueza, ni ellos ni sus descendientes). Aun así, la propiedad privada es una forma de centralizar el control sobre los bienes custodiados donde, a fin de cuentas, la palabra última la tiene el patrón, que se aconsejará o no, que tendrá o no sensibilidad, etcétera. Reducir el rango de esa clase de poder discrecional es deseable. Por eso importa tanto, por ejemplo, que haya gravámenes importantes sobre las herencias millonarias.
Por otra parte, la multiplicación obscena de salarios y bonos de ejecutivos ha sido un mecanismo que ha llevado a un fenómeno característico de nuestro tiempo, que es la falta de lealtad del liderazgo empresarial con las compañías que supuestamente representan. Basta con que otra compañía ofrezca más, y el presidente del conglomerado x se pasará de inmediato al y. La falta de identificación con el proyecto colectivo que es y debe siempre ser una empresa lleva a que los supuestos capitanes de industria de hoy sean en su mayoría cortoplacistas. Buscan maximizar las ganancias de sus accionistas rápidamente, para justificar así ganancias personales que son en realidad injustificables.
Hay en la falta de un tope máximo a los sueldos y bonos por productividad un aliciente a adoptar actitudes destructivas para el colectivo. Actitudes cortoplacistas, como dije, pero también prácticas expoliadoras. La ambición desmedida que fomenta la remuneración desproporcionada en los niveles de ingreso superiores frecuentemente lleva a cierta frialdad frente a la inminente muerte de la gallina de los huevos de oro, o sea frente a la fuente misma de los ingresos de los ricos. ¡Si se muere la gallina, ya buscaremos otra! Esto lo vemos por igual entre ejecutivos que entre aquellos deportistas que tienen un desempeño individual excelso, y muy altamente remunerado, pero que se preocupan poco por su equipo. Se trata de una forma de egoísmo que se percibe también, aunque a menor grado, en la academia, donde frecuentemente pesan demasiado las incentivas individuales, e importa poco la situación del colectivo.
Muy probablemente la idea de Corbyn no tenga éxito por ahora. Es una idea demasiado general y, sin duda, resultaría bien difícil de operar de manera eficaz y que no tenga fuertes costos económicos. Aun así, importa que se comience a discutir esta clase de idea. Es preciso comenzar a imaginar otras economías, e importa que las mejores mentes en cuestión de economía se pongan a pensar.
Hubo en días recientes otra noticia interesante en este rubro: concluyó en Gotemburgo (Suecia) un experimento de dos años, donde se disminuyó el horario de trabajo de trabajadores del sector salud de ocho a seis horas diarias. Los resultados fueron muy positivos a nivel de satisfacción laboral, de la eficacia y salud de los trabajadores, y también en reducción de días económicos. Hubo también buenos resultados a nivel de empleo en la localidad. El experimento se realizó manteniendo el nivel de pago idéntico por seis horas trabajadas a lo que se recibía antes por 8. Por eso, al hospital del experimento le subieron los costos de operación en casi 22 por ciento, pero a ellos hubo que restar una cantidad importante en recursos ahorrados por el gobierno de la ciudad en costos de desempleo, etcétera, de modo que al final el hospital tuvo que pagar 12 por ciento de costos adicionales por mano de obra.
El experimento dejó claro que todavía habrá que ensayar un poco más para realizar un cambio así de manera económicamente eficaz; sin embargo, es un paso muy positivo para comenzar a pensar los retos económicos que tenemos hoy, en un mundo en que hay que disminuir la desigualdad, aumentar el empleo, y disminuir grados de ­explotación.
Hasta ahora, en México quizá el único pensamiento creativo que ha habido recientemente ha sido el esfuerzo por aumentar el salario mínimo y la idea de cobrar impuestos a algunas plusvalías en la rama de la construcción. Son esfuerzos que han fracasado todavía en su primer intento (los aumentos al salario fueron demasiado bajos), pero es el tipo de esfuerzo imaginativo que necesitamos ejercer ya.

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