Wednesday, January 25, 2017

La marcha en Washington

Claudio Lomnitz
N
o regresé de México a Nueva York a tiempo para acudir a la marcha del sábado. Seguí, como tantos, las crónicas y fotos de la prensa y, por fortuna, los movimientos en contra del nuevo presidente-con-vocación-de-dictador han comenzado estruendosamente. Anoche me llegó una carta de unos buenos amigos, los antropólogos Jane y Peter Schneider, contando su experiencia en la marcha en Washington. Mi hija, por su parte, acudió, emocionada, a la de Los Ángeles. Y tantos otros amigos marcharon en Chicago o Nueva York, San Francisco y Los Ángeles. Vale la pena observar y tomar nota de esas movilizaciones, ya que marcan el inicio de la resistencia contra las políticas impositivas que no han dejado de fluir de la pluma ni de la boca de Donald Trump desde que asumió la presidencia. Vale la pena, también, porque los mexicanos también tendrán que irse movilizando, contra el muro, en primer lugar, y contra la idea de que los mexicanos han robado empleos a los estadunidenses (olvidando que la fórmula del libre comercio fue promovida en primer lugar desde Washington).
Traduzco algunos fragmentos de la carta de Jane, por la llanura de su mirada de antropóloga. Ella fue una de las pioneras que participaron de las luchas por los derechos civiles, y el feminismo de los años sesenta y setenta, y la suya es una mirada a la vez humana y experta:
“Éramos al menos tres veces más gente que la que había acudido a la toma de posesión de Trump el día anterior. Sobre Independence Avenue éramos tantos que resultaba imposible marchar. En vez, la gente se derramó al Mall y a Constitution Avenue, que estaban ya a tope... hasta formar tres grandes ríos humanos.
“El gentío rebosaba energía, era amistoso, y era divertido estar ahí con todos. De vez en cuando emergían cánticos cacofónicos, como olas, que iban de un río humano al otro, uniéndonos a todos, que decían: ‘Así es como se ve la democracia’ (This is what democracy looks like); ‘Así es como se ve Estados Unidos’, y ‘Nosotros, el pueblo, nos alzamos juntos’.
“Casi no había presencia policiaca, ni vendedores ambulantes, ni megáfonos, ni basura, sólo conversaciones entre desconocidos, e intercambios de mensajes de celular para encontrarse con amigos que se habían desencontrado.
“Los pussy hats [pussy en inglés significa gatito, pero también vagina; las gorritas pussy hats son ahora símbolo de la revuelta femenina, en alusión a la frase de Trump, ‘agarrarlas del pussy’, y también a que Melania Trump luego usó una blusa llamada pussy bow –listón de gatito– diseñada por Gucci] ...los pussy hats, decía, cada uno en distinto tono de rosa, reflejaban la espontaneidad de la manifestación a la perfección. Casi no había dos gorras iguales (menos las dos que nuestra hija Julie nos tejió). Las gorras no provenían mayoritariamente de un sitio de Internet, sino de miles de mujeres que se sentaron a tejerlas.
“Las pancartas también venían hechas a mano y expresaban una enorme gama de sentimientos: unos punzantes, otros compartiendo miedos, otros enojo, otros tristes, otros esperanzados. Muchos letreros eran comiquísimos, satíricos unos, vulgares otros, pero cómicos. Aquí van algunos que recordamos: ‘Si los hombres se embarazaran, se ofrecerían abortos en los cajeros automáticos’, ‘Liberemos a Melania’, ‘Querido mundo: perdón’.”
Interrumpo la narrativa de Jane como Claudio Lomnitz para compartir con mis lectores anglófonos el letrero que a mí más me gustó, y que pareciera ser un reproche de Mary Poppins a Donald Trump: Super Callous Fascist Racist Extra Braggadocious. Hay bastante derroche de ingenio en estas manifestaciones. Regreso a Jane, y a un final más preocupante de su experiencia en la marcha de Washington.
“Ya en la noche, Peter nos invitó a cenar a Buck’s, un restorán que está a dos puertas de Comet Ping Pong, el lugar del llamado Pizzagate, donde apareció hace unas semanas un trumpista fanático con una ametralladora AR15, y dio de tiros al aire para someter al dueño de la pizzería, un hombre gay, supuestamente porque habría permitido a Hillary Clinton establecer un negocio de pornografía infantil en el sótano. (Por cierto, Comet Ping Pong no tiene sótano.) El caso es que hasta el día de hoy Comet Ping Pong está bajo protección policial y los establecimientos cercanos, incluido Buck’s, están pagando guardias privadas, porque un grupo organizado de homófobos realiza una campaña contra estos lugares, haciendo llamadas telefónicas amenazantes, y protestando delante de sus puertas.
“Cuando salimos de la cena en Buck’s, efectivamente estaban ahí, parados en la banqueta, como una docena de tipos con pancartas realmente agresivas, que decían cosas como ‘El sida no es una enfermedad, sino una advertencia’ y ‘Jesucristo condena a los pecadores como ustedes’. En la acera de enfrente, había otro grupo, como el doble de grande, principalmente de mujeres, que se había juntado para hacerles la contra con lemas de la marcha: ‘El amor se impone al odio’ (Love trumps hate).
Nos unimos a ellas por un rato, y nos fuimos cuando llegó la policía. Gracias a Trump, este tipo de escena, bien reminiscente de la República de Weimar, pareciera tener garantías, e irá brotando por doquier. Después de un día en que pudimos creer de nueva cuenta en la humanidad, recibimos este cubetazo de agua fría... hay más trabajo que hacer, y sin duda habrá más manifestaciones...
En México habrá también mucho trabajo que hacer. El país recién comienza a reaccionar.

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