Monday, November 9, 2020

David Brooks

 

En lo más esencial, lo que ocurrió en Estados Unidos fue la derrota de un proyecto neofascista. Las grandes coaliciones de fuerzas progresistas que fueron claves para vencer al inquilino de la Casa Blanca incluyen organizaciones de migrantes de varias esquinas del mundo, sindicalistas, la comunidad gay, integrantes de movimientos por la justicia racial y de derechos civiles, ambientalistas y contra las armas, o sea, el gran mosaico multirracial que está en la lucha por los derechos fundamentales, la dignidad y la justicia.

El sábado bailaron en calles, plazas, barrios y centros de trabajo porque se triunfó contra una bestia derechista. Pero notable por su ausencia, e incluso por su desdén, en esta fiesta popular, es uno de los movimientos progresistas más importantes del mundo, el de México. ¿Qué pasó?

Ha dejado asombrados, indignados y dolidos a progresistas en Estados Unidos, incluidos líderes sociales mexicanos, escuchar a los que suponían eran sus aliados en México y otros países latinoamericanos expresar que la elección estadunidense no era más que una contienda entre dos caras del mismo aparato imperial en Washington y, por lo tanto, daba igual quien ganara. Aún más alarmante, dirigentes y activistas en México circularon opiniones de que incluso Trump sería preferible o más conveniente para la relación bilateral. Y para colmo, algunos hasta emplean los argumentos tramposos seudolegalistas de los estrategas de Trump para justificar su posición en relación con la pugna electoral estadunidense.

Ese argumento en algunos circuitos progresistas en México y otras partes de América Latina de que los demócratas son igual o peores que los republicanos se comparte o por lo menos se entiende por sus contrapartes aquí, pero en esta coyuntura ese no es el punto. Se está luchando contra un proyecto neofascista de una derecha con amplios vínculos con fuerzas derechistas en América Latina y Europa, o sea, contra un enemigo común. Ese es el punto.

Por ahora se logró derrotar a uno de sus líderes más peligrosos para el planeta, y extraña que algunos progresistas al otro lado de la frontera no se sumen a la fiesta o por lo menos envíen felicitaciones a los que dieron esa lucha.

Pareciera que de repente funciona el muro de Trump para la izquierda. De repente los que están en lucha contra las mismas fuerzas de la derecha tanto en Estados Unidos como en México y otros países latinoamericanos son separados por una barrera. Esto no se trata de cúpulas ni de posiciones oficiales (aunque parece que hay algunos progresistas mareados allá arriba), sino de luchas populares democratizadoras y de esos principios básicos de cualquiera que se identifique como progresista: la solidaridad y el internacionalismo.

Aquí ese enemigo llegó al poder declarando que los mexicanos eran criminales y por eso era urgente construir un muro para frenar su ingreso, fue quien giró órdenes para arrebatar a niños de los brazos de sus padres para colocarlos en jaulas, quien estableció un estado de terror permanente contra los migrantes obligando a padres a despedirse de sus hijos cada día recordándoles que si no regresaban a casa es porque fueron detenidos por la migra, con ese temor cotidiano viven los niños. ¿Eso da igual?

Al parecer, algunos en México y América Latina que han luchado por la democratización de sus países, por los derechos humanos y civiles, contra la censura y los ataques a la prensa, por un planeta sustentable, por el agua, por la salud, por un salario digno, contra la represión, se les ha olvidado que tienen sus contrapartes en Estados Unidos que luchan, y por siglos, por eso mismo; sí, en diferentes circunstancias, condiciones y más, pero a fin de cuentas esencialmente por lo mismo.

Los que están en lucha contra ese proyecto neofascista y/o neoliberal en un país son por definición aliados de los que luchan contra ese mismo monstruo en sus países. Es así de sencillo. Es un principio básico de quien se diga progresista, ¿no? Una injusticia contra uno es una injusticia contra todos, se decía.

¿Qué nos pasó?

https://www.youtube.com/watch? v=UDi2mJcByns&feature=youtu.be

https://www.youtube.com/watch? v=BlIREcAu0PI&feature=youtu.be


La Jornada 

Monday, August 3, 2020

Cuetzalan

Desde que se volvió una estrella mediática y de las redes sociales, al doctor Hugo López–Gatell Ramírez nunca se le ha visto incómodo y mucho menos desesperado. Al estratega nacional de la campaña contra el coronavirus se le distingue como un hombre focalizado en los aspectos técnicos para controlar la curva de contagio, que no se inmuta ante el vendaval de la crítica ponzoñosa de la oposición política a la 4T y practica paciencia de monje tibetano ante las preguntas necias que le repiten at infinitum los reporteros a quienes atiende cada noche en su conferencia de medios.

Pero este sábado, al subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud del gobierno se le percibió no solo relajado sino alegre. Fuera de las cámaras y los reflectores que lo iluminan cotidianamente, el epidemiólogo y otros integrantes del Comité Ejecutivo del Grupo Intersectorial de Salud, Agricultura, Medio Ambiente y Competitividad (GISAMAC) estuvieron en Cuetzalan para conocer de viva voz las buenas prácticas ancestrales de las comunidades indígenas.

La visita fue organizada por la secretaria del Bienestar, María Luisa Albores González, quien fungió como anfitriona, pues ha trabajado muchos años en la Sierra Nororiental de Puebla.


La agenda fue intensa y comenzó temprano en una reunión con los cooperativistas de la Tosepan Titataniske.

Fueron a aprender

Pero el acto estelar tuvo lugar en la comunidad de Pepexta. López–Gatell Ramírez recorrió varias instalaciones sanitarias, un huerto de herbolaria medicinal y tomó protesta al Comité Comunitario de Mujeres por la Salud, la Alimentación y el Agua de esa localidad.

Las integrantes del Comité le explicaron el sistema de salud indígena basado en la prevención de enfermedades, en una alimentación adecuada, libre de productos chatarra y refrescos, que integra a la medicina herbolaria y el cuidado del medio ambiente.

Contaron cómo utilizan las plantas para curar enfermedades de casi todo tipo, pero no dejaron de señalar que, a nivel oficial, hay carencia de médicos alópatas en la región.

Por su parte, Víctor Suárez Carrera, subsecretario de Alimentación y Competitividad federal; Luis Hernández Palacios, procurador Agrario; y Gisela Juliana Lara Saldaña, directora del IMSS Bienestar, explicaron la participación que cada una de sus dependencias tienen en la Estrategia de Salud Comunitaria del gobierno de la República.

Todos coincidieron que a Cuetzalan acudieron a aprender de las mujeres que cuidan de su salud y sus familias con métodos naturales.

María Luisa Albores González resaltó la sabiduría y trabajo comunitario y autogestivo que han llevado a cabo por décadas las mujeres de Cuetzalan.

Desde siempre saben cuidarse

Antes de tomar protesta al Comité Comunitario de Mujeres por la Salud la Alimentación y el Agua de Pepexta, Hugo López Gatell–Ramírez expresó que en todos los escalafones de la administración que preside Andrés Manuel López Obrador hay el interés de mejorar la salud de los mexicanos.

De hecho, mencionó que al inicio de la pandemia varios funcionarios le expresaron al mandatario tabasqueño su preocupación sobre los alcances devastadores que el Covid–19 podría tener en las comunidades indígenas. “El presidente nos dijo que las comunidades originarias saben cómo cuidarse, esa misma experiencia nos enriquece mucho porque nos da cuenta que el país se construye en la comunidad, ahí se defiende el territorio, los recursos naturales y todos esos elementos han sido despreciados muchos años atrás”.

El subsecretario de Promoción y Prevención de la Salud, también se comprometió a que los pueblos de la región contarán con un médico de planta durante todo el año.

Sobra decir que López–Gatell Ramírez fue agasajado por sus anfitrionas, quienes le obsequiaron un hermoso cubrebocas bordado a mano con motivos de arte indígena y, al darle un recorrido por su huerto de herbolaria medicinal, le untaron miel de abeja melipona para sanar una herida menor que se hizo la víspera en la frente y le regalaron un botecito con el jarabe.

El célebre pandemiólogo se veía feliz, a sus anchas, lo cual no resulta extraño si uno sabe que el contacto directo con los pueblos ha sido una de sus pasiones desde aquella campaña de la que tomó parte hace 35 años, en 1985, cuando con unos 70 compañeros fue a Huiramba, Michoacán, para alfabetizar a adultos, pero sobre todo, para aprender también de su sabiduría de vida.

Esas experiencias y esa sapiencia ancestral seguramente le servirán de mucho al estratega estelar de la sanidad nacional una vez que todo el país asuma la “nueva normalidad” y se inicie de lleno una batalla que se antoja aún más dificultosa que el control de la pandemia: la educación para la buena alimentación y el cuidado del agua, lo cual supone de facto una guerra por la conciencia de millones de mexicanos contra las empresas refresqueras y de alimentos igualmente nocivos, .

La Jornada de Oriente

Huitzuco

Activistas buscan fosas clandestinas en Huitzuco; aún no encuentran nada

Escrito por  Dassaev Téllez Adame Ago 03, 2020

Son colectivos de desaparecidos acompañados por agentes de seguridad y el Ejército

Tienen información que han visto a personas yendo a dejar cadáveres en el paraje Cueva del Diablo


Huitzuco, 2 de agosto. Integrantes del colectivo Los otros buscadores de Huitzuco, encabezados por Mario Vergara, acompañados por integrantes de la Brigada Humanitaria de Paz (BHP) Marabunta y de familias de colectivos de desaparecidos de los estados de Querétaro y Morelos, realizaron una búsqueda de fosas clandestinas en el paraje denominado La Cueva del Diablo, La Piedra del Sapo y El Ranchito, en el municipio de Huitzuco, donde se tiene información de que en meses pasados han visto a personas yendo a dejar cadáveres, práctica que podrían estar realizando desde años atrás, pero sin lograr ningún positivo.

Cabe señalar que también se contó con el apoyo de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB), así como de su similar del estado de Guerrero, agentes de la Guardia Nacional, Ejército Mexicano, policías del estado y federal, estos últimos con binomios caninos.

Mario Vergara expuso que es preocupante la situación que se vive en el municipio, donde hay cientos de niños en la orfandad, y sin nombre para los hijos de personas desaparecidas, unas 170 en los últimos 10 años.

Dijo que, la ciudadanía de Huitzuco ha jugado un mal papel, “son una ciudadanía sorda, ciega y muda”, que durante años han callado lo que se vive en el municipio.

Explicó que varios testimonios confirmaron que en esa zona del municipio hay personas enterradas, por lo que decidieron realizar una brigada de búsqueda durante dos días.

Pese a no haber encontrado nada, dijo que continuarán explorando esos lugares, pues, afirmó, hay elementos suficientes que hacen creer que ahí hay varias fosas clandestinas.

Vergara Hernández reiteró que las familias de las personas desaparecidas no pretenden confrontar a los grupos de la delincuencia y sólo quieren encontrar a sus seres queridos.

“Nosotros no buscamos criminales, nosotros no ponemos dedos, nosotros solo salimos a buscar a nuestros desaparecidos, nuestras herramientas son picos, palas y machetes”.

Así también, adelantó que podrían volver a la barranca de La Carnicería, en el municipio de Cocula para ampliar el rastreo de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, indicando que, por testimonios de personas que habitan en esa parte de Cocula, se les ha indicado que en la parte alta de dicha barranca podrían encontrarse más restos.


La Jornada  Guerrero

Saturday, April 25, 2020

Robert Fisk

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Londres. Ya sea el número de muertos, la cantidad de equipo de protección o las tasas de pruebas, Boris Johnson es tan descuidado con los hechos como lo fue con respecto al Brexit. Ya basta, la gente quiere la verdad.
Ya es hora de que hagamos a un lado la Historia de Boris Johnson. No le deseo la muerte a nadie, y me alegra que Johnson, como miles de otras personas en todo el mundo, regresara del valle de las sombras. Pero en realidad es demasiado escucharlo agradecer a los Servicios Nacionales de Salud (siglas en inglés, NHS) por su vida, cuando su gobierno no puede proporcionarles la protección que necesitan para atender a los enfermos. O ni siquiera ofrecer a su propio pueblo la verdad acerca de cuántas personas han muerto, están muriendo o morirán.

Aun si aceptamos la diferencia de los decesos por Covid-19 en hospitales y asilos respecto de los fallecimientos en hogares –e incluso si estamos preparados para creer las intolerables dificultades para cotejar estos datos–, ¿por qué los voceros y voceras de Johnson (o el mismo primer ministro antes de enfermar) no apuntaron desde el principio que la cantidad diaria en los hospitales de Gran Bretaña era probablemente una subestimación del total de bajas británicas? Tal vez de un 100 por ciento. Creo que los ministros del gabinete pensaron que podrían hacernos tragar el cuento de que las muertes en hospitales representaban el total… hasta que alguien detectó que no era así, momento en el cual el resto (o parte del resto) de los finados fue adosado chapuceramente a la cifra original, con insufribles excusas con respecto a por qué tal vez no era exacta. 
Así pues, por favor, que nos den menos detalles de la lucha de Johnson con la muerte, y más sobre cuántos de sus conciudadanos están enfrentando ese destino. “Hablar sin cuidado cuesta vidas”, decían unos carteles en la Segunda Guerra Mundial, suceso que todos deberíamos recordar, aunque no es concebible que la mayoría lo hagamos… a menos que tengamos más de 80 años y aún no nos derribe el Covid-19. Pero hablar sin cuidado de cuántas vidas se pierden parece ser un rasgo del gabinete de Boris Johnson. De hecho, ya se trate del número de decesos, el de equipos de protección o el de pruebas disponibles, o el número de pruebas positivas, los funcionarios se muestran tan descuidados con los hechos como lo fueron con el Brexit.
No nos referimos aquí a los problemas mentales del hombre en la Casa Blanca. La situación del gobierno británico es diferente. No es locura presidencial, sino la historia de la falsedad del primer ministro y del engaño que socava al gabinete de Johnson, así como su deplorable desempeño actual. El problema, estoy seguro, es que, sea por inconsciencia u otra razón, este gobierno de tories emplea todavía el mismo sistema de mentiras –o simple pereza factual– que le permitió salirse con la suya en el Brexit, y ahora trata de reutilizarlo en la batalla contra el Covid-19. Las mentiras simplistas que ahora emplean en sus estadísticas del coronavirus tal vez hubieran sido perdonables cuando hablaban de la necesidad de separarnos de Europa –sabemos que todos los políticos mienten–, pero, cuando se despliegan las mismas falsedades en detrimento de un pueblo que se enfrenta a la muerte, ocurre algo muy diferente e imperdonable.
Tal vez todos deberíamos hilar nuestros pensamientos alrededor de ese suceso que tanto obsesiona a los partidarios del Brexit, quienes ahora batallan con la realidad, no con la fantasía de la Unión Europea.
¿Cuántos ciudadanos británicos han muerto de coronavirus en estas semanas pasadas? ¿Más de 11 mil? ¿O son 22 mil? ¿O muchos, muchos más? La mayoría de las personas, no solo los británicos, pueden aceptar grandes pérdidas, por inconcebibles que hubieran sido en tiempos mejores. Sospecho que una razón por la que los líderes políticos son tan afectos a escarbar en los sucesos de la Segunda Guerra Mundial es porque sospechan que los hombres y mujeres de ese tiempo –de los cuales, como digo (con excepción de la princesa Isabel), no tienen memoria– estaban hechos de un material más recio. No necesitaban que los gobernantes, ni siquiera Churchill, los llamaran a luchar.
Hoy muchas personas creen, me temo –en especial en nuestro “civilizado” Occidente–, que nunca van a morir. Nuestras laptops, Skype y Google, WhatsApp y Facebook, han hecho que la muerte sea remota, impensable entre sucesos virtuales, algo que se puede evitar con una combinación de entretenimiento y relaciones públicas, Netflix y palabras alentadoras de los funcionarios. Nuestros antepasados no tenían esos engaños. Fue Thomas Hardy quien, en Tess de los D’Urbervilles, nos recordó malévolo que cada año que pasamos es el aniversario de nuestra muerte. Los lectores originales no veían en ese pasaje una especie de vanidad literaria, sino una verdad evidente por sí misma, colocada en un contexto imaginativo.
Los remanentes de aquella sociedad –quienes creen en la muerte como un hecho de la vida– son los médicos y enfermeros que hoy hablan cada noche de su dolor y tristeza. No es la suya la simpatía edulcorada con las familias que, en la repulsiva expresión de Johnson, iban a “perder a sus seres queridos antes de su hora”. El personal médico convive con la muerte y habla de ella porque vive bajo su sombra. Eso es lo que en verdad significa estar “en el frente de batalla”.
Pero, en cuanto a simple prevaricación e impreparación –volvamos a la Segunda Guerra Mundial si es necesario–, Boris Johnson tiene más en común con Chamberlain que con Churchill, siempre posponiendo lo inevitable, mostrando estadísticas falsas como un pedazo de papel en el aeropuerto de Heston, sin siquiera admitir que tiene que enfrentar, usando las palabras de Chamberlain en 1939, “el terrible arbitraje de la guerra”. En parte porque esos días son muy lejanos, anteriores a nuestro nacimiento –incluso el mío–, es fácil amoldar la historia a las falacias actuales. Las películas históricas siempre solían afirmar que sus ficciones estaban “basadas en una historia real”. Nuestros líderes deberían decir lo mismo hoy.
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La mayoría de quienes vivieron la guerra verdadera, y con quienes he tenido el honor de reunirme y conversar a lo largo de muchas décadas –mi tesis de doctorado versaba sobre la neutralidad en la guerra de 1939-45–, estaban dispuestos al sacrificio porque creían que era necesario. Sí, querían saber que estaban ganando, pero jamás hubieran aceptado la humillación de ser instruidos por charlatanes en cuanto a la razón por la que estaban haciendo tan enorme sacrificio.
Ellos creían –con ingenuidad, se podría decir, pero con buena razón– lo que escuchaban en la BBC. Los nazis mentían y falseaban los datos; la BBC decía la verdad. “Seis de nuestros aviones no pudieron volver”, informaba la BBC después de una incursión de la Real Fuerza Aérea en Alemania. O “10 de nuestros aviones”. O 20. Pero los radioescuchas sabían que esa era la cifra más apegada a la verdad que podían obtener sobre las pérdidas británicas. Ahora, comparemos eso con las tonterías del gobierno actual, cuyas estadísticas –de decesos, pruebas o disponibilidad de equipos de protección– están tan penosamente desapegadas de la realidad que se han vuelto meros números en un tablero falso.
De hecho, uno de los problemas más acuciantes del gabinete británico se refiere a la necesidad de crear mitos. Esto funcionó bastante bien en la batalla por el Brexit. Pero, ¿cómo presentar la lucha contra un virus como una batalla por la libertad, contra un enemigo al que se puede vencer? He pasado buena parte de mi vida escuchando a líderes políticos y militares explicar a su pueblo cómo ganarán “la guerra”. Guerras de verdad, libradas sin tregua contra un enemigo ruin, cobarde, perverso, cruel, malvado, rapaz, racista y maligno, un montón de terroristas apocalípticos que quieren adueñarse del mundo y acabar con la vida humana tal como la conocemos.
Prevaleceremos, nos decía George W Bush. ¿Les suena conocido? El general David Petraeus, ansioso por explicar que la victoria era inevitable aun cuando iraquíes mal armados hacían volar por los aires a soldados estadunidenses, anunció: “esto empeorará antes de mejorar”. ¿No suena familiar en estos días? En la vieja Zona Verde de Bagdad, generales escondidos detrás de muros de concreto a prueba de explosivos nos decían con regularidad que había un “pico” o un “repunte” en la violencia. Una vez más, ¿les suena conocido?
Esas palabras, en su sentido original, no se usaban al azar. Fueron escogidas con mucho cuidado –con mucha mayor diligencia de la que muestran Johnson y sus enanos al regurgitarlas– y por lo regular tenían un segundo significado. Un “pico”, por ejemplo, da la idea de algo que se eleva pronunciadamente pero, de modo igualmente inevitable, acaba por descender (al otro lado del pico, por así decirlo), aunque en Irak eso nunca sucedió. Así pues, Petraeus y sus amigos inventaron “el aluvión”, ese incontenible muro de agua que acabaría por detener la violencia de la guerra. Hasta ahora, por fortuna, el aluvión ha estado ausente de la cubeta de clichés de Downing Street, pero sin duda llegará. Porque, en el lenguaje de Petraeus, el aluvión representa refuerzos o, supongo, “aplanar la curva”. ¿Y quiénes, en nuestro caso, serán los refuerzos? Pues nuestros médicos y enfermeros, claro, que regresan de países lejanos para reunirse con los NHS en el frente contra… ¿Contra qué, exactamente? No hay duda de que esos trabajadores son héroes, pero preguntemos cuál es el verdadero enemigo, y la respuesta es mucho más difícil de hallar. Desde un punto de vista científico, sabemos que el virus existe dentro de nuestro organismo, y de ahí se lanza a infectar a nuestras familias, amigos, vecinos, conciudadanos, los inocentes, los ancianos y, sí, a veces también los niños. Todo un enemigo. Sin duda existe.
Pero caracterizar a este antagonista en particular es una empresa muy difícil. Si vamos a seguir las necedades de Matt Hancock acerca del espíritu de la Blitz, entonces todos haremos nuestra parte, volando nuestro Spitfire Mark 1 contra los invasores virales. El problema, sin embargo, es que, si miramos de frente a través del plexiglás de la cabina de los Messerchmitt 109 de la Luftwaffe, veremos nuestro propio rostro, porque estaremos volando contra nosotros mismos. Debemos conquistar un enemigo que también somos nosotros. Somos el enemigo que debemos destruir.
Y esto inquieta mucho a nuestros amos políticos. Porque, tradicionalmente, todo sacrificio debe ir acompañado de un sentimiento de valor, de la idea de que la adversidad –sea regirnos por un toque de queda de Johnson o, verdadero heroísmo, el valor de los médicos, enfermeros y conductores de ambulancias que arriesgan la vida– debe tener su recompensa. Y si nuestro enemigo no tiene forma corporal –si no tenemos un microscopio electrónico–, ¿a quién pondremos en su lugar? ¿Al gobierno? ¿A la policía? ¿A los delirantes solitarios que escupen a los policías o realizan reuniones clandestinas para comer pizza, que se embrutecen en pubs cerrados o sacan a pasear a sus perros en las colinas de Derbyshire?
Nuestros amos tienen ventajas al elegir la última de estas opciones. Todos amamos a nuestros vecinos, pero nos encanta desquitarnos de ellos por ofensas o desdenes pasados. Por eso una fuerza de la policía británica, tratando de reducir el número de llamadas al número local de ayuda, abrió una línea especial para quejas vecinales. No fue muy distinto, supongo, a aquella aldea siria al este de Alepo en cuyo recién abandonado tribunal del Isis encontré cientos de quejas de aldeanos que acusaban a sus vecinos, incluso a sus parientes, de robos o actos contrarios al Islam, esperando el veredicto de los jueces. No, no comparo con el Isis, sino que los aldeanos escogieron ese momento de supresión para que les devolvieran lo que les pertenecía. Ellos eran en realidad sus propios enemigos: ellos mismos.
Por supuesto, a los gobiernos y sus sirvientes les interesa advertir a quienes podrían formar una alianza con el enemigo invisible contra el cual todos debemos luchar. Por tanto, los orates que dañan ambulancias o amenazan a los trabajadores de la salud son infinitamente peores que los ministros de gobierno cuya demencia provoca la muerte en una escala potencialmente enorme. ¿Acaso esos que hacen causa común con una enfermedad que mata inocentes no deberían recibir lo que merecen?
¿Recuerdan que en El tercer hombre Holly Martins, escritor estadunidense de novelas del Oeste, es persuadido de matar a Harry Lime después de ser llevado por el mayor Calloway a un hospital vienés de la posguerra? Allí ve a niños morir de meningitis –que, por cierto, es causada por infección viral o bacteriana– porque fueron tratados con penicilina robada, que Lime había estado diluyendo para venderla en el mercado negro. Así pues, si estamos hartos de las prohibiciones que nuestros gobiernos creen que debemos seguir, podemos redirigir nuestro fastidio hacia nuestros conciudadanos que nos ponen en peligro o que hacen caso omiso de la peste que tememos, o la aprovechan para obtener ganancias.
Nótese cómo la cuidadosa advertencia de Hancock de que se retiraría el derecho a ejercitarse a causa de una “muy pequeña minoría” se convirtió en un castigo en masa para todos. Recuerdo una amenaza semejante en la escuela pública inglesa a la que asistí: “Algunos muchachos han estado fumando detrás de la cancha de críquet. Si esto vuelve a ocurrir, se suspenderán todos los partidos durante tres semanas”. La policía de Nottinghamshire parecía dispuesta a seguir esas mismas amenazas infantiles. Mucho peor: mientras nuestros amos “intensifican” o “redoblan” sus esfuerzos –por miserables que sean– para salvarnos, constantemente nos llaman a aplaudir a los pilotos de la Batalla de Inglaterra de nuestros días. Estos paralelismos no están del todo fuera de lugar, aunque no en la forma en que Boris Johnson y sus amigos piensan. Los NHS son de hecho “los pocos”, pero solo porque el gobierno recorta vilmente los servicios de salud.
Y, fatalmente, para Johnson esto tiene sin duda dolorosas similitudes con la negativa del gobierno británico a armarse contra sus enemigos potenciales en la década de 1930. He aquí otro perturbador paralelismo con el gobierno británico actual: cuando el ministerio británico del aire rehusó en un principio dotar a los pilotos de la RFA de cristal antibalas para protegerlos de la Luftwaffe, Hugh Dowding, jefe del comando de combate, se puso al lado de sus pilotos. Los burócratas de Whitehall se preocupaban por el gasto extra y estaban dispuestos a exponer a los pilotos a heridas fatales en una guerra futura con tal de ahorrar dinero. Recortar costos era la prioridad, la protección venía detrás. Pero Hugh Dowding les dijo (en 1938) que “si los gángsters de Chicago pueden tener cristal antibalas en sus autos, no veo por qué mis pilotos no pueden tenerlo también”. Se salió con la suya.
En cambio, ahora muchos “pilotos” de los NHS carecen de “cristal antibalas” –el equipo de protección que necesitan desesperadamente– y muchos se ven obligados a ir a la batalla sin protección. Dowding tuvo solo dos años para equipar a sus pilotos con protección antes de la Batalla de Inglaterra. Sabemos del SARS desde hace 17 años, pero no dimos a los NHS los medios para protegerse del enemigo. E incluso después de que el invasor comenzó a matar ciudadanos británicos, todavía los NHS carecían de cristales antibalas suficientes… suficiente protección para no infectarse de aquellos a quienes trataban de salvar. Boris Johnson y sus ideólogos del Brexit aún no nos han dado suficiente explicación de este escándalo.
Por supuesto, el mayor temor de todos los gobiernos en tiempos de peste es que el pueblo pueda volverse contra ellos. Están en “territorio inexplorado”, como nos dicen todo el tiempo. Este es un claro avance con respecto a las “aguas inexploradas” en las que los parlamentarios de Westminster proclamaban estar durante los debates del Brexit. Pero los intentos del gabinete británico de trazar nuevas rutas han sido ridículos. No necesitamos seguir la ruta de mentiras y promesas falsas –de estas últimas, limitarse a decir que las cifras “bajarán de 250 mil a 100 mil” simplemente no necesita explicación en estos días–, pero sin duda debemos pasar por encima de esa repulsiva expresión, “comunicación equivocada”, que supuestamente debía cubrir la indignante omisión del gobierno británico de no aprovechar el esquema de ventiladores de la Unión Europea.
Siempre me ha preocupado cuando los políticos hablan de “equivocaciones”. Recuerdo cuando se dijo que Hillary Clinton se había “equivocado” cuando afirmó, falsamente, haber atravesado la base aérea de Banja Luka, en Bosnia, bajo fuego de francotiradores. Pero, si rehusar la ayuda de la UE por pomposas razones políticas, no desconectadas del Brexit, tuvo algo que ver con el escándalo de la ayuda de los ventiladores de la UE, entonces –para usar otro cliché que pronto escucharemos de nuevo– deben rodar cabezas, incluso si los dueños de esas cabezas apenas se estaban recuperando ellos mismos del virus. E incluso si una de esas cabezas pertenece a un hombre que despreocupadamente permitió que las carreras de Cheltenham se llevaran a cabo.
Pero aun cuando los servidores públicos se retuerzan de dolor con el lenguaje hueco de Downing Street, hay que parar las orejas: quienes carecen de imaginación verbal también carecen casi siempre de sentido común. “No hemos salido del bosque… seguimos en el bosque”, dicen a los británicos; hay “rasgos verdes” de esperanza; “no debemos quitar el pie del pedal”. Estas son tonterías para niños de primaria, insultantes para cualquier ciudadano maduro que se enfrenta, o cuyos familiares ancianos se enfrentan, a una muerte dolorosa y solitaria. Enterarse luego de que Hancock no tiene un plan de prueba de cinco puntos que anunciarnos, sino un plan de “cinco pilares”, vuelve todavía peor el insulto. Los tres pilares de la Tierra eran Marco Antonio, Pompeyo y César Augusto… y dos de ellos fracasaron.
Claro está que los británicos no están solos en su ofuscación. No es una excusa que el dueto de orates suegro/yerno en la Casa Blanca estén alumbrando el camino de los estadunidenses hacia una muerte polvorienta con drogas no probadas, o que sus acólitos también estén recurriendo a dudosos paralelismos históricos para ganar apoyo. El alcalde Cuomo se refiere a una mítica “batalla en la cima de la montaña” –en la que los neoyorquinos presumiblemente encontrarán su “meseta”–, pero fue un poco menos convincente escuchar al condecorado cirujano general estadunidense comparar el “momento” del ataque del coronavirus con el de Pearl Harbor (2 mil 403 estadunidenses muertos) o con el 11/s (2 mil 977 víctimas). Si el número de decesos en Estados Unidos, como nos dice la Casa Blanca, sería de entre 100 mil y 250 mil, sin duda una comparación más apropiada sería con Hiroshima (entre 90 mil y 146 mil muertos), aunque puedo ver por qué este suceso en particular no sería del agrado del cirujano general. Lo mismo el bombardeo de Tokio de marzo de 1945 (79 mil 466 cuerpos recobrados).
Pero dejemos a un lado por un momento los fantasmas de la guerra y observemos una vez más el lenguaje. La Oficina del Gabinete británica, por ejemplo, acaba de intentar explicar por qué ha perdido interés en el dispositivo BlueSky para ventiladores. Ya no “apoya la producción” de esas máquinas, indicó, “después de una revaluación de la viabilidad del producto a la luz del cuadro que se sigue desarrollando alrededor de lo que se necesita para tratar el Covid-19 con mayor efectividad”. Nótese lo que falta. ¿En qué momento ocurrió esa revaluación? ¿Cuándo se comenzó a notar el cuadro que se “desarrolla” alrededor de lo que se necesita? Y luego leamos lo que la Oficina agregó más tarde: “Continuamos trabajando a una velocidad sin precedente con cierto número de otros fabricantes para incrementar la producción de ventiladores en el Reino Unido”. Aquí la expresión que delata el juego es “sin precedente”, porque el único precedente que puede preceder a la “velocidad sin precedente” fue presumiblemente la velocidad (o falta de) con que se solicitó el primer modelo de ventilador, hoy abandonado.
Supongo que los jóvenes servidores públicos de la Segunda Guerra Mundial produjeron papeleo semejante, pero ningún gobierno de aquel tiempo habría soñado con proferir semejantes estupideces. De hecho, lo que se revela en estos días es lo genuinas e inmensamente elocuentes –casi shakespereanas en su dolor– que son las palabras de médicos, enfermeros y paramédicos cuando se enfrentan a los micrófonos y cámaras. En un principio, como sabemos, los NHS amenazaron a esas magníficas personas con quitarles el empleo si se descubría –horror de horrores– que habían estado diciendo la verdad a la gente a través de los medios. Imagínense nada más. A nuestros salvadores les hubieran impedido salvarnos si hablaban demasiado. Por fortuna se tuvo la prudencia de abandonar esa amenaza. Si se hubiera cumplido, los británicos habrían necesitado más protección contra su gobierno que contra el Covid-19.
Porque basta escuchar unos minutos a esos hombres y mujeres, médicos, enfermeros, personal de ambulancias y asilos –camilleros bajo fuego al igual que combatientes en el frente, pensaría yo– para que cualquiera entienda de qué se trata realmente la “guerra” contra el coronavirus. No es la Batalla de Inglaterra ni la Segunda Guerra Mundial, ni Pearl Harbor o el 11/s. Se trata de humanidad y compasión en medio de la muerte, algo que los partidarios del Brexit y sus ideólogos en Downing Street no entienden ni pueden entender. Después de todo, son los hombres y mujeres que dejaron a los pilotos de los NHS sin suficientes cantidades de cristal antibalas.

© The Independent
Traducción: Jorge Anaya

Tuesday, April 21, 2020

Victor M. Toledo

E
n tiempos de crisis, el conocimiento racional es el arma más poderosa para salir de ella. Siempre lo ha sido, junto con la cooperación y una visión pertinente de la realidad. Eso fue lo que sucedió con la historia de la humanidad. Los seres humanos somos una de las ocho especies y subespecies que pertenecen al género Homo, cuyos más antiguos registros se remontan a unos ­2 millones de años. Salvo nosotros, el resto de nuestros parientes más cercanos terminaron extinguiéndose. Somos la única y última rama viva de un árbol evolutivo, que no logró mantener a sus especies. Es muy probable que hayan sido el conocimiento racional y la cooperación las que permitieron a nuestra especie continuar existiendo por 300 mil años. Hoy ese conocimiento racional se llama ciencia y esta dimensión de la cultura humana se usa para dos cosas: o para mantener el doble sistema de explotación que una minoría de minorías (el 1%) mantiene sobre el trabajo de la naturaleza (depredación) y sobre el trabajo humano (parasitismo), o bien para la liberación de lo anterior y la defensa de la vida humana y no humana. La primera es la ciencia al servicio del poder corporativo, que en último término busca la ganancia y la acumulación y concentración del capital; la segunda es la que persigue el beneficio social y el respeto por la vida, y es la que se practica en buena parte de las instituciones públicas y en las universidades. De acuerdo con la Unesco (2015), existen casi 8 millones de científicos en el mundo. Los datos indican además una tendencia reciente a la privatización de la ciencia en numerosos países (Sudcorea, China, Alemania, EU, Turquía, Polonia, etcétera). En EU esta tendencia ha sido especialmente marcada. Mientras la relación entre la ciencia académica financiada por el gobierno y la ciencia corporativa era de 60-40 por ciento en 1965, hacia 2006 ésta se había invertido a 35-65 por ciento y alcanzó 30-70 en 2015.
Un gobierno de izquierda es aquel que impulsa y usa para la toma de decisiones la segunda versión de la ciencia. No todo gobierno que se proclama de izquierda tiene conciencia de ello. Digamos que casi ninguno, todavía embelesados ideológicamente por buena parte de los estilos y objetivos de la primera. En México, con la 4T, llegó al poder una nueva generación de científicos ­críticos comprometidos social y ambientalmen­te, producto de cinco décadas de esclarecimiento político y moral sobre el papel de la ciencia, que hoy trabajan en varias de las oficinas y dependencias en temas tan variados como la salud, el ambiente, el agua, la conservación, la energía renovable, lo forestal, la agricultura ecológica, la cooperación, la gobernanza, la pedagogía.
El papel fundamental e imprescindible de la investigación científica en la dura batalla contra el Covid-19 está fuera de toda duda. Hoy la humanidad entera está en peligro, asediada desde dos frentes: uno microscópico (las zoonosis, enfermedades virales y bacterianas surgidas de especies animales silvestres y domesticados) y otro macroscópico (la crisis global del clima). Y lo único que puede salvarla es la toma de decisiones políticas (colectivas y democráticas) a partir de la ciencia.
El gran aporte del gobierno de la 4T, incluso de trascendencia internacional, ha sido la decisión del Presidente de encarar la emergencia a partir del trabajo de los científicos. Esta situación contrasta con la de países como EU, Brasil y aun España (ver artículo de Perla Wahnón, presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas, El País, 17/4), donde la ciencia se niega, se margina o se ignora. Si el país avanza con paso firme en la contención de la pandemia, e incluso logra predicciones a través de sofisticados modelos epidemiológicos de enorme utilidad, se debe al trabajo conjunto de epidemiólogos, virólogos, matemáticos, biomédicos, ingenieros en computación, geógrafos y científicos de datos liderados por el Conacyt y la Secretaría de Salud y con el concurso de institutos nacionales.
Los llamados a desacreditar el plan oficial contra el Covid-19, que realiza la derecha de manera miserable, conciben la pandemia como una oportunidad para derrocar al gobierno. Todos están destinados al fracaso y a ser rápidamente cuestionados por la opinión pública por una sencilla razón: el plan está sustentado científicamente. Ni el artículo de Denise Dresser ( Proceso, 12/4) dirigido a calumniar y a denostar el papel del subsecretario de Salud, ni las declaraciones de gobernadores (Baja California o Michoacán), ni el llamado irresponsable y difamatorio de Tv Azteca, ni la campaña desde la prensa extranjera ( Financial Times, El País) tendrán éxito. Hoy en México la derecha no sólo está moralmente liquidada, vive y sobrevive en un mundo precientífico. Al contrario, la ciencia crítica apuntala a la 4T, y la 4T apoya a la ciencia crítica.
A la memoria de Alejandro Nadal, gigante de la ciencia crítica.

Friday, January 10, 2020

Cámara baja aprueba resolución que limita decisiones bélicas de Trump

Corresponsal
Periódico La Jornada
Viernes 10 de enero de 2020, p. 22
Nueva York. Durante la última semana, el régimen de Donald Trump ha insistido en que Irán es el malo –principal patrocinador de terrorismo, responsable de cientos de bajas de fuerzas estadunidenses, interventor en los asuntos de otros países–, pero esa narrativa depende de borrar la larga historia de Estados Unidos con ese país.
Con pocas excepciones, en el gran debate sobre el conflicto con Irán se ha evitado recordar otros actos calificados de terrorismo, asesinatos, golpes de Estado, intervenciones, guerras libradas por terceros y más, no a manos del régimen en Teherán, sino de Washington durante más de medio siglo.
Ayer la Cámara de Representantes aprobó una resolución no vinculante en la cual señala que según la ley estadunidense, el presidente no puede realizar acciones bélicas sin autorización expresa del Congreso. Aún no se sabe si la medida prosperará en el Senado.
Trump y los republicanos acusaron a los demócratas casi de traición por atreverse a promover esta medida. El presidente denunció ayer que los demócratas buscaban defender al general iraní Qasem Soleimani –cuyo asesinato ordenado por el mandatario estadunidense la semana pasada llevó hacia el precipicio una nueva guerra en Medio Oriente– y lo calificó de algo muy malo para nuestro país.
El diputado Michael McCaul, entre otros republicanos, continuó con esta línea en el debate de ayer al declarar que “en lugar de apoyar al presidente… mis colegas demócratas están dividiendo a los estadunidenses en un momento crítico… envalentonando a nuestro enemigo, el patrocinador más grande de terror en el mundo”.
Pero en ese debate, como a lo largo de la semana desde el asesinato del general Soleimani, no se mencionó el historial de acciones estadunidenses con gobiernos republicanos y demócratas en contra de Irán.
No se recordó en el debate entre políticos ni en los medios –con algunas excelentes pero pocas excepciones– que en los años 50, Washington organizó un golpe militar para reinstalar al régimen represivo del sah, pieza clave, junto con Israel, para la proyección del poder estadunidense en la región hasta 1979.
Tampoco se ha mencionado que en 1988 un buque de guerra de la marina de Estados Unidos derribó un avión civil de pasajeros de Iran Air matando a 290 personas, incluidos 66 niños. Estados Unidos primero declaró que había sido un accidente, después mintió sobre lo ocurrido, y poco después condecoró al capitán del barco.
Tampoco se ha mencionado en este gran debate que Washington apoyó y armó al Irak de Saddam Hussein en su sangrienta guerra contra Irán en los años 80.

Nadie corrigió el hecho de que, como señaló Noam Chomsky, la principal amenaza nuclear actual en Medio Oriente no es la que representa Irán, sino el Estado cliente de Washington en la región: Israel.
Todo esto ocurre con el trasfondo de las guerras interminables de Estados Unidos en Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Yemen y otros países como parte de la eterna guerra contra el terror proclamada hace 19 años, la cual ha cobrado entre 770 mil a 801 mil muertes directas, incluidos por lo menos 313 mil civiles y más de 500 periodistas (https://watson.brown.edu/costsofwar/ costs ).
Las guerras no han concluido, y por lo tanto, no se ha podido determinar si son triunfos o no, pero son más que exitosas si se miden por el incremento –casi al doble en 20 años– del presupuesto militar, ahora de 738 mil millones de dólares (aprobados por los legisladores de ambos partidos) y las ganancias de las empresas contratistas del Pentágono. De hecho, en el momento que se reveló que podría haber otra guerra al anunciarse el asesinato del comandante militar iraní el viernes pasado, se dispararon las acciones de empresas de fabricación de armas y otros con negocios militares, con ejecutivos entusiasmados con las posibilidades de más gasto militar, reportó el Washington Post.
Por ahora, nadie descarta que Trump y sus estrategas –los más militantes a favor de un conflicto con Irán son su secretario de Estado, Mike Pompeo, y su vicepresidente Mike Pence– podrían continuar empleando el conflicto con Irán para propósitos electorales al buscar su relección este año.
Más aún, diversos observadores enfatizan que no se puede evaluar todo esto sin el espectro del impeachment de Trump, quien enfrenta un juicio político en el Senado y cuya destitución, aunque improbable dado el control republicano aún leal de la cámara alta, es apoyada por la mayoría en este país.
Muchos estadunidenses han pronosticado que el delincuente Donald Trump cometerá aún más actos ilegales para incrementar su apoyo en el año de elecciones presidenciales de 2020, escribió Ralph Nader, veterano defensor de derechos ciudadanos, en Common Dreams. Esos estadunidenses han comprobado que están en lo correcto por el intento de Trump de provocar una guerra ilegal contra Irán.
Ante ello, más de 200 actos de protesta para evitar una guerra con Irán se realizaron ayer en diversos puntos de Estados Unidos (https://www.nowarwithiran.org/event/no-war-with-iran/search/?logo ).