Hilda Areli Acevedo Gallardo
Reseña Histórica
En esta ciudad, el 24 de Febrero de 1821, Agustín de Iturbide firma el “Plan de Iguala” en donde quedan simbolizadas tres garantías fundamentales: Independencia, Religión y Unión, valores que son representados en la bandera confeccionada en el lugar, por Don Magdaleno Ocampo con los colores verde, blanco y rojo, en franjas diagonales y en cada franja una estrella dorada de cinco picos.
El color blanco representa la Religión, el verde la Independencia y el rojo la Unión. ¡ En esta Ciudad de Iguala, nace la Libertad!
No se puede precisar quienes fueron los primeros pobladores, aunque varios historiadores coinciden en argumentar que esta región estuvo habitada por tribus de olmecas, matlazincas y el final llegaron los nahuas-coixcas. Los habitantes del Valle de México trataron, de 1418 a 1428, someter a los nahuas Coixcas de este valle sin lograrlo; lo intentaron nuevamente en 1438.
Después de que los españoles conquistaron la gran Tenochtitlán, Cortés se enteró de que la mayor parte del oro y plata que tributaban a los aztecas provenían del sur y ordenó de inmediato una exploración por estos lugares.
A su regreso, los exploradores le informaron que efectivamente la región Suriana contaba con inmensas riquezas minerales, por lo que inician la conquista del sur.
Los soldados españoles logran dominar a los grupos que habitaban la región, y los obligan a tributar a la corona. Cortés, como recompensa reparte el territorio en encomiendas entre sus soldados; Iguala es encomendado a Juan Mesa, a quién le tributaban dinero y maíz. Con la finalidad de controlar el poder desmedido de Cortés otorgó a los encomenderos, la corona crea en 1533 las alcaldías mayores, perteneciendo Iguala a la de Tepecoacuilco.
En 1534 aparecieron los frailes franciscanos, quienes se encargaron de evangelizar a los indígenas; estos misioneros, con la finalidad de ganarse a los naturales de este lugar, los trataban muy bien y les instruían acerca de los beneficios que podían alcanzar siendo cristianos, y les obsequiaron un San Francisco de madera que aún existe en esta ciudad.
En el siglo XVIII se reformó la organización política de la Nueva España y las alcaldías mayores se convirtieron en partidos bajo el sistema administrativo llamado intendencias, de tal manera que el partido de Iguala pasó a depender de la intendencia de México.
Localización
El municipio de Iguala se encuentra al norte de la ciudad de Chilpancingo, su cabecera municipal es Iguala de la Independencia, se encuentra a una distancia de 100 kilómetros sobre la carretera federal Acapulco-México; ubicado entre los paralelos 18°13’ y 18°27’ de latitud norte y entre los 99°29’ y 99°42’ de longitud oeste, respecto del meridiano de Greenwich.
Se encuentra asentado en los comienzos de la representación de la cuenca del río Balsas. Colinda al norte con Buena Vista de Cuellar y Taxco; al este con Huitzuco, Tepecoacuilco y Cocula; al oeste con Teloloapan. Iguala de la Independencia se encuentra situada a 731 metros sobre el nivel del mar.
Extensión
Forma parte de la región norte, tiene una superficie de 567.1 kilómetros cuadrados que representan el 0.89 por ciento del territorio total del Estado.
Orografía
La configuración del suelo es representativa de tres tipos de relieve, los que constituyen las zonas accidentadas forman el 40 por ciento del territorio municipal, están localizadas principalmente en Coacoyula de Álvarez, en ésta parte destacan los cerros: Túxpan 1,695 metros; Conejo 1,237 y Grande o Pípilas 1,420 metros; el 30 por ciento lo componen zonas semiplanas localizadas al oriente y sur del municipio, sobre las localidades de Ahuchupan, Motlapa, Ceja Blanca y Planta de Zapotal; las zonas planas que constituyen el 30 por ciento restante se localizan en el centro, norte y oriente.
Hidrografía
Las corrientes hidrológicas que se encuentran en el municipio son el río San Juan y la laguna de Tuxpan. Estos tienen caudales permanentes. También cuentan con arroyos de escurrimientos temporales como el Tomatal, Ceja Blanca, las Tijerillas y el Naranjo. Existen también varios
pozos de extracción de agua.
Clima
Predomina el cálido-subhúmedo localizado en todo el territorio municipal; la temperatura media anual se registra en 37°C, comprendidas de abril a septiembre mientras que en época de frío alcanza los 23°C. Las lluvias se presentan en junio, julio, agosto y septiembre, con un promedio anual de precipitación pluvial de 1,100 milímetros.
La dirección de los vientos es de la manera siguiente: En primavera de sur a norte; en invierno de suroeste al sureste; en verano de norte a sur; en otoño de sur a norte.
Principales Ecosistemas
Flora
La vegetación está compuesta principalmente por selva baja caducifolia y matorral crasicaule; los primeros se distinguen por ser árboles de 15 metros, troncos cortos y torcidos, con hojas lineales y abundantes; entre las más comunes están el cashuate, brasil, hauje, etc.
Los segundos matorrales son distinguidos por grandes cactus de tallos cilíndricos, propios de zonas áridas o semiáridas.
Fauna
La fauna es variada, existen: Liebre, conejo, zorrillo, víbora de cascabel, iguana, armadillo, zanates, gorrión, tejón, gavilán, variedades de pájaros, palomas, alacrán, ratas, zopilotes, culebras, etc.
Recursos Naturales
El municipio cuenta con yacimientos de metales preciosos como lo son el oro y la plata.
Características y Uso del Suelo
Existen dos tipos de suelo, los clasificados como chernozem o negros, localizados en la parte central del municipio conocido como el valle de Iguala, se caracteriza porque contiene cantidades significativas de sales de calcio y profundidades de 60 a 90 centímetros.
Todas las sustancias que poseen esos suelos son las necesarias e indispensables para la agricultura; en segundo lugar están los denominados estepa praire o pradera con descalcificación, aptos para la explotación extensiva de la ganadería.
Monday, January 24, 2011
PLATICA DEL PROFESOR SERENO
Hilda Areli Acevedo Gallardo
Exposición del Profesor Sereno
De lo que se hablo en esta exposición fue del trabajo realizado por el profesor Sereno, que se trata de una investigación sobre las placas que están en iguala de lo cual han surgido temblores en la actualidad o últimamente.
Definimos temblor a las vibraciones de la tierra ocasionadas por la liberación de energía en zonas geológicamente inestables, o lo que en términos de estudio, se llama un movimiento de las placas.
La brecha de Guerrero
Representa una de las principales preocupaciones de los investigadores, al ser una zona de ruptura, en la que desde hace más de noventa años no se registra un sismo. Considerando la magnitud de los temblores anteriores, estos han oscilado entre los 7.5 y 7.9 grados, por lo que de acuerdo al tiempo transcurrido, se espera un sismo máximo a 8.4 grados, lo habría de representar un sismo superior al ocurrido en 1985.
Tal como ha sido citado por diversos investigadores a nivel mundial, el Estado de Guerrero es un atractivo tema de estudio para la predicción, debido a que cuenta con varias brechas, siendo la de mayor interés La Brecha de Guerrero. Ante este constante interés, instituciones académicas y centro de investigación sísmica, nacionales y extranjeras, han instalado una serie de sensores y sismógrafos en el territorio nacional a fin de estudiar el comportamiento de las placas y así determinar un pronóstico.
¿Estamos preparados ante un sismo?
Ante la pregunta anterior, la respuesta inmediata puede ser no. Sin embargo, en los últimos años se han realizado obras de mitigación, como reforzamientos de viviendas, capacitación de brigadas internas en el ámbito laboral y emisión de recomendaciones masivas para saber qué hacer en caso de sismo. Pero además de estos ejercicios preventivos en nuestro Estado, durante los próximos meses, será instalado en edificios públicos, medios de comunicación abierta y zonas de gran afluencia poblacional, emisores de la alerta sísmica, la cual es usada desde hace más de 10 años la ciudad de México y Oaxaca, y que ha servido a fomentar la cultura de la Protección Civil entre sus pobladores.
Ante la vulnerabilidad de vivir un sismo de gran magnitud, todos los guerreases debemos de contribuir con las labores de prevención y mitigación, empezando con la información.
Definimos temblor a las vibraciones de la tierra ocasionadas por la liberación de energía en zonas geológicamente inestables, o lo que en términos de estudio, se llama un movimiento de las placas.
La brecha de Guerrero
Representa una de las principales preocupaciones de los investigadores, al ser una zona de ruptura, en la que desde hace más de noventa años no se registra un sismo. Considerando la magnitud de los temblores anteriores, estos han oscilado entre los 7.5 y 7.9 grados, por lo que de acuerdo al tiempo transcurrido, se espera un sismo máximo a 8.4 grados, lo habría de representar un sismo superior al ocurrido en 1985.
Tal como ha sido citado por diversos investigadores a nivel mundial, el Estado de Guerrero es un atractivo tema de estudio para la predicción, debido a que cuenta con varias brechas, siendo la de mayor interés La Brecha de Guerrero. Ante este constante interés, instituciones académicas y centro de investigación sísmica, nacionales y extranjeras, han instalado una serie de sensores y sismógrafos en el territorio nacional a fin de estudiar el comportamiento de las placas y así determinar un pronóstico.
¿Estamos preparados ante un sismo?
Ante la pregunta anterior, la respuesta inmediata puede ser no. Sin embargo, en los últimos años se han realizado obras de mitigación, como reforzamientos de viviendas, capacitación de brigadas internas en el ámbito laboral y emisión de recomendaciones masivas para saber qué hacer en caso de sismo. Pero además de estos ejercicios preventivos en nuestro Estado, durante los próximos meses, será instalado en edificios públicos, medios de comunicación abierta y zonas de gran afluencia poblacional, emisores de la alerta sísmica, la cual es usada desde hace más de 10 años la ciudad de México y Oaxaca, y que ha servido a fomentar la cultura de la Protección Civil entre sus pobladores.
Ante la vulnerabilidad de vivir un sismo de gran magnitud, todos los guerreases debemos de contribuir con las labores de prevención y mitigación, empezando con la información.
Wednesday, January 19, 2011
Conclusión de la Tesis de Roberto Cañedo Villareal: 2 de 4
VII.2 La teoría del capital humano y la calidad de la universidad.
Ante este panorama la teoría clásica del capital humano debe reconsiderar su persistencia en una formación académica más o menos desligada de la atención del marco familiar y de las condiciones de formación extrauniversitarias en la definición de la empleabilidad de los egresados universitarios. Las expectativas de una mejor calidad de vida profesional generadas a partir de la acumulación de habilidades y credenciales del sector universitario se enfrentan a un mercado laboral no competitivo, en el sentido económico del término, ya que el libre juego de las fuerzas del mercado laboral, llámese oferta y demanda de mano de obra, se ve vulnerado por los demandantes al exigir e implementar medidadas extraeconómicas para ervitar el alza de salarios (el precio del trabajo en la teoría marginalista), y que en nuestros países conocemos como flexibilización del mercado de trabajo.
Aquí es donde se recupera el planteamiento de la teoría de segmentación de mercados laborales. Para ella, como se apuntó en el marco teórico de esta investigación, en particular la que se refiere a la segmentación del mercado laboral por razones tecnológicas planteada por Piore (1975), la tecnología determina las características del trabajo y éste a su vez las del trabajador y que el progreso técnico crece con la división del trabajo está acotada por el tamaño, la certidumbre y la estabilidad del mercado. Así se generan estructuras ocupacionales discontinuas como base de la segmentación del mercado laboral, diferenciándose de acuerdo a la estructura industrial de las economías desarrolladas, subdesarrolladas y del mercado de trabajo en sí. Bajo esta perspectiva teórica se considera que la escolaridad formal antes del empleo es de poca importancia en el proceso de adquisición de especialidades , como lo observamos en los resultados del modelo de ecuaciones estructurales que presentamos y en el que se aprecia claramente las fuentes independientes que dan lugar a una calidad determinada del empleo profesional, y que es precisamente la experiencia laboral la que proporciona el mayor peso, con respecto al capital humano definido por la escolaridad, para asignar dicha calidad de empleo.
Las credenciales universitarias, entonces, son indispensables para la participación en el mercado laboral para profesionistas, son el distintivo que permite a los empleadores tener un primer filtro para la selección de los cuadros que contratará.
Como institución, la universidad juega el papel de reproductora del sistema de clases, ya que permite el acceso a aquellos sujetos dotados de los requerimientos para cursarla, como las condiciones socioeconómicas, de aprovechamiento escolar y de movilidad; recordemos que para el caso de México en el 2005 sólo el 20.8% de la población entre 20 y 24 años se encontraba estudiando, mientras que para el estado de Guerrero sólo lo hace el 17.3%, siendo con ello evidente que fundamentalmente los jóvenes de las zonas urbanas, y que se encuentran en familias con las mejores condiciones económicas, son los que ingresan a este nivel educativo. De esta manera, la universidad tiene un rol especial que Bourdieu y Passeron (1998, pp. 224-225) esclarecen:
Delegando siempre del modo más completo el poder de selección
a la institución escolar, las clases privilegiadas parecen abdicar,
en beneficio de una instancia completamente neutral, del poder
de transmitir el poder de una generación a otra y renunciar así al
privilegio arbitrario de la transmisión hereditaria de los privile-
gios. Pero, mediante sus sentencias formalmente irreprochables
que sirven siempre objetivamente a las clases dominantes, porque
no sacrifican nunca los intereses técnicos de estas clases más que
en beneficio de sus intereses sociales, la Escuela puede mejor que
nunca y, en todo caso, de la única manera concebible en una so-
ciedad que se reclama de idelogías democráticas, contribuir a la
reproducción del orden establecido, porque logra mejor que nunca
disimular la función que cumple.
Una vez en la universidad, la selección continúa. El capital cultural del individuo juega un papel fundamental en el sentido de definir el tipo de carrera a cursar, según su historia familiar o su horizonte conocido. Según Bourdieu (1998, p. 140)
Entre las informaciones constitutivas del capital cultural here-
dado, una de las que más valor tienen es el conocimiento práctico
o intelectual de las fluctuaciones del mercado de las titulaciones
académicas, el sentido de la inversión que permite obtener el mejor
rendimiento del capital cultural heredado en el mercado laboral o
del capital escolar en el mercado laboral.
Además el sujeto con mejores condiciones de capital cultural, léase padres con mejores niveles escolares y laborales, tenga la oportunidad de una mejor comprensión del lenguaje académico de este nivel educativo, de tal suerte que la diferenciación de la calidad entre los egresados respecto a su futura actividad laboral, se exprese no sólo en términos de calificaciones escolares sino, y fundamentalmente, a partir de ``la gran cultura'' que por nacimiento poseen y que madura en la institución escolar por medio de la arbitrariedad de la cultura académica, puesto que ``su validez proviene únicamente de qué es la cultura de las clases dominantes'' (Bourdieu y Passeron, 1998, p. 9).
Es evidente que el capital cultural, referido a su estado incorporado, está directamente relacionado a lo individual y representa lo que hemos podido asimilar y lo que podemos hacer por nosotros mismos, y que se verá incrementado por la inversión en tiempo para el mejoramiento de las formas de aprender. Así, existe un doble juego, muy complejo por cierto, que define las posibilidades directas que la familia y/o el medio social en general, generan para la formación del sujeto y, por otra, las habilidades y capacidades propias del individuo que le permiten aprovechar las herramientas que el medio social le proporciona . Diferenciar un aspecto del otro es, tal vez, uno de los principales problemas que se le presenta a toda investigación educativa actual. Los trabajos referentes a este punto así lo plantean, particularmente el realizado sobre ingresos con gemelos monozigóticos y el de las diferencias entre calidad escolar y ganancias de Heckman.
La pregunta sería:¿cuál es el espacio diferencial entre el capital cultural y la formación escolar, propiamente dicha, de las personas? Se considera que a final de cuentas el capital humano está subsumido en el capital cultural del sujeto, por ello mismo el capital humano, por sí solo, no puede ser el determinante de la asignación del empleo, como lo pudimos apreciar en esta investigación, toda vez que aspectos extra-académicos, como la experiencia laboral y la pertenencia a un sector de clase social determinado, y todo lo que ello conlleva, condicionan el perfil laboral del sujeto y su empleabilidad.
Tribulaciones de la cultura en México / II
JULIO GLOCKNER
``Volvamos a las fuentes de algunas ideas sobre las culturas indígenas que aún imperan en nuestro país. Otro ilustre liberal, Ignacio Ramírez, afirmaba que debido a su aislamiento y a la variedad de sus lenguas, los indios no podían definirse como mexicanos, puesto que, decía, “esas razas conservan todavía su nacionalidad, protegida por la familia y la lengua”. Ramírez y Altamirano heredaron de José María Luis Mora el punto de vista según el cual la sobre vivencia de los pueblos indios era un obstáculo a la integración social. En concordancia con esta concepción, un pedagogo del periodo porfiriano, de nombre José María Bonilla, hacía las siguientes recomendaciones al gobierno de la época en relación con la educación de los pueblos indígenas: “he dicho que los indios en general, son refractarios al adelanto, y en casi todos los pueblos las autoridades necesitan estar en guerra abierta contra los padres de familia, para obligarlos a enviar a sus hijos a la escuela. 50 por ciento de los niños indios que concurren a la escuela, salen casi tan ignorantes como cuando entraron, y como al separarse de la escuela se dedican de nuevo a las rudas tareas de sus padres, y adquieren todos sus vicios y costumbres, a las tres o cuatro años ya no saben nada de lo poco que aprendieron... La escuela, tal y como hoy está organizada, no consigue modificar las costumbres de los indios ni quitarles sus vicios, y mientras esto no se pueda conseguir, los progresos que se obtengan serán poco menos que nulos... Establézcanse escuelas de internado, obligatorias en todos los pueblos de la República, oblíguese a concurrir a ella a todos los niños desde los 4 hasta los 15 años de edad, procúrese que en ese tiempo los educandos no frecuenten su casa para no pervertirse con los malos ejemplos que ahí pudieran recibir, y creemos que se conseguirá el objeto deseado... Durante su infancia y parte de su adolescencia, los educandos acostumbrarían el calzado, el pantalón y ropa limpia, creemos que al salir de las escuelas difícilmente querrían volver a andar descalzos, semidesnudos y desaseados como ahora”.
Esta propuesta de exterminio cultural que refleja la exasperación de los intelectuales de una época y su ansioso deseo por obligar a los indios a que dejen de ser quienes son para convertirse en otra cosa, en niños y jóvenes alfabetizados exclusivamente en el castellano, en muchachos decididos a romper con todos sus referentes culturales para así poder ingresar, “limpios y peinados” a los patrones de la cultura occidental, no es ajena a nuestra época ni a los proyectos neoliberales de los políticos actuales. El racismo que se deja entrever en estas recomendaciones pedagógicas e higiénicas no tiene parangón, es una joya del pensamiento civilizatorio occidental. Estoy convencido de que los albergues del Instituto Nacional Indigenista estuvieron orientados aunque de un modo más sutil y acorde con la ideología del nacionalismo revolucionario, en este mismo sentido. Hoy lo siguen estando bajo los criterios etnocentristas de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Sin dejar de reconocer algunos logros, la orientación general de estas instituciones apunta a una occidentalización impuesta a las culturas indígenas como única vía para su desarrollo. No es que la occidentalización en sí misma sea perjudicial, es que las comunidades indígenas y campesinas tienen pocas posibilidades de decidir su propio futuro al no ser tomadas en cuenta en los asuntos que atañen a su vida.
La construcción de una identidad nacional es la finalidad última de este afanoso etnocentrismo, la construcción de un imaginario creado por el Estado posrevolucionario en el que podamos reconocernos todos como mexicanos. Pero la terca realidad ¡otra vez la terquedad, para desgracia del doctor Mora y sus discípulos! se empeñó en afirmar otro rumbo y otro destino para los pueblos indios, hasta que llegó el momento en que este modelo político de la cultura oficial entró en una profunda crisis. La rebelión de los indios en Chiapas y los acuerdos de San Andrés, que aún esperan alcanzar un rango constitucional, son la expresión más acabada de la crisis de ese modelo político.
El nacionalismo, como bien dijo Roger Bartra, es la transfiguración de las supuestas características de la identidad nacional al terreno de la ideología. El nacionalismo es una corriente política que establece una relación estructural entre la naturaleza de la cultura y las peculiaridades del Estado. En nuestro país las expresiones oficiales del nacionalismo nos dicen: si eres mexicano, debes votar por la revolución institucionalizada. Quienes no lo hacen traicionan su naturaleza profunda, o bien no son mexicanos. El nacionalismo es, pues, una ideología que se disfraza de cultura para ocultar los resortes íntimos de la dominación. (Bartra, Oficio Mexicano)
A lo largo del siglo XX el partido oficial (PNR, PRM y PRI) creó un Estado corporativo y logró construir una identidad nacional en los términos en que esta funciona actualmente, es decir, en términos abstractos y simbólicos. Digamos que desde la sierra tarahumara hasta la selva lacandona los pueblos indígenas se reconocen hoy como mexicanos, en el mejor de los casos, reconociendo una serie de símbolos patrios como la bandera, el himno y el escudo nacional. El problema es que la construcción de la identidad nacional nunca se correspondió, desde la perspectiva de los pueblos indios, con una incorporación a la nación en condiciones de vida más favorables. Es decir, han visto seriamente dañadas las estructuras y los valores de sus propias culturas sin haber accedido plenamente a los beneficios de la llamada cultura nacional. A fin de cuentas han perdido más de lo que han obtenido a cambio. El proceso de construcción de la nación no ha sabido compensar, en beneficios materiales y espirituales, el deterioro de sus culturas tradicionales. Hoy los jóvenes mixtecos, por ejemplo, se preocupan más por aprender inglés y abrirse paso hacia los Estados Unidos, que permanecer castellanizados, desempleados y sin futuro en su país. El Estado mexicano optó por una modernización que no ha sido capaz de desarrollar democráticamente y en función de un bienestar generalizado, conduciendo a los pueblos indígenas a un callejón sin salida, o más bien, a una única salida: la frontera norte.
A pesar de que en la política indigenista se sustituyó el término “asimilación”, que implicaba la desaparición de las culturas indígenas, por el concepto de “integración”, en el que supuestamente se incorporarían a la sociedad nacional en un proceso gradual, en el que los pueblos indios harían sus propias aportaciones a la sociedad nacional y tomarían de ella todo aquello que pudiera beneficiarles sin poner en riesgo los fundamentos de su propia cultura, a pesar de las buenas intenciones y el trabajo constante de varias generaciones de indigenistas, el fracaso está a la vista.''
Tomado de La Jornada de Oriente
Tuesday, January 18, 2011
Conclusión de la Tesis de Roberto Cañedo Villareal: 1 de 4
En la tesis doctoral de Cañedo, que lleva por título: ``Educación Superior y Mercado de Trabajo: El caso de los egresados de la Universidad Autónoma de Guerrero'', podemos leer la conclusión.
VII Conclusiones de la Investigación.
VII.1 Economía y mercados laborales.
En la medida en que las transformaciones científicas y tecnológicas moldean las actividades productivas y las estructuras económicas de la sociedad mundial se va bosquejando una diferenciación laboral que marca cada vez más nítida y profundamente las características de la estructura del mercado laboral y las habilidades requeridas para la inserción de los profesionistas en éste. Dichas transformaciones tienen que ver con el evidente proceso de terciarización de la estructura económica de nuestros países en el marco de la globalización internacional que muestra tendencias productivas convergentes.
Por un lado, se percibe el cada vez mayor control de la reordenación de los procesos productivos desde los grandes centros industriales del mundo desarrollado, esto es, de las potencias económicas, que provoca que las economías llamadas subdesarrolladas tiendan a reducir cada vez más su costosa producción industrial-artesanal-básica, pero más aún agrícola, intensiva en mano de obra, en favor de la importación de aquellos productos intensivos en capital, o bien la sustitución de la producción total de bienes finales por la producción de maquila. Las repercusiones en el mercado laboral para profesionistas al interior de los países subdesarrollados son evidentes. La mano de obra de alta calificación tecnológica tiende al proceso de migración hacia dichos centros de producción industrial y agrícola de alta tecnología , mientras que los sujetos menos calificados o aquellos que no tienen las condiciones para salir del país, se quedan, en el mejor de los casos, en las empresas filiales como reproductores de las tecnologías industriales desarrolladas en el exterior con muy pocas posibilidades de innovación interna. El caso del sector agrícola en el tercer mundo es todavía más drástico. Sus altos costos de producción hacen inviable la producción de la mayoría de cultivos nacionales y la absorción de mano de obra calificada, profesionistas, es extremadamente baja y sigue una tendencia negativa. En el año 2000 el sector agrícola de México absorbió el 1.45% del total de profesionistas empleados y el minero sólo el 0.18%, como se mostró en el análisis contextual de este trabajo.
Así, el proceso de reordenación y relocalización geográfica de la producción como efecto de procesos tecnológicos más ``finos'' e intensivos en capital impactan directamente, entre otros espacios, la estructura y calidad del mercado laboral para profesionistas e indirectamente, aunque en menor medida, la orientación de la formación universitaria.
Por otro lado, pero siempre en la misma lógica, esta reestructuración de los procesos productivos no sólo reduce los espacios propiamente de producción material de bienes y la cantidad de mano de obra utilizada en los mismos, redefiniendo con ello el perfil del empleo, sino también amplia el espacio de la producción de servicios, particularmente el comercial, el financiero y el de las comunicaciones, sectores en los cuales nuevamente las empresas de los países altamente industrializados son hegemónicas. Estos sectores experimentan una expansión geográfica cada día mayor, y aunque cada vez son más demandantes de profesionistas, dado que la amplia oferta de mano de obra calificada es más que proporcional al aumento de su demanda (Hernández Laos - 2005, p. 111-, lo denomina situación de desbalance dinámico) cada día se requiere de mejores credenciales académicas para insertarse en los mismos puestos de trabajo con los mismos salarios.
Esta terciarización de la economía también se expresa en la expansión de las ramas de servicios turísticos para aquellos países o regiones con potencialidades naturales, de tal suerte que esta actividad absorbe la mayor parte de la mano de obra profesional de las regiones poco desarrolladas, incluso no industrializadas, pero con vocación turística, no obstante que en este contexto actúan como economías de enclave, esto es, con poco efecto multiplicador, en términos de la distribución de la riqueza y del desarrollo regional.
De esta manera, habría que aclarar que los sectores comerciales, turísticos y de servicios, absorbieron también una gran cantidad de mano de obra no calificada, pero fundamentalmente como vendedores ambulantes, de alimentos y bebidas en micronegocios y en el autoempleo.
Los efectos de la globalización que provoca esta dualidad de la actividad económica mundial es diferencial entre países desarrollados (con avances sistemáticos en ciencia y tecnología y sus respectivas repercusiones en el mercado) y países subdesarrollados y crónicamente dependientes (maquiladores, oferentes de mano de obra barata), ya que el primer grupo de países, los desarrollados, reduce la brecha entre pobre y ricos a través de la formación de capital humano, y en el segundo grupo de países, los subdesarrollados, profundiza dicha brecha expulsando la mano de obra, no calificada, del campo a los centros urbanos y al exterior y, con ello, precarizando el trabajo de las zonas en las que se asienta dicha migración. Esto ha provocado un bajo crecimiento medio de la productividad del trabajo al no lograr un suficiente crecimiento del producto total de los factores en los países subdesarrollados, pues éste es producto residual de la asimilación de nuevas tecnologías no incorporadas en los bienes de capital, en términos generales, en la economía nacional, a pesar del crecimiento alcanzado posterior a la década de los ochenta (la llamada década perdida para América Latina).
De hecho, el proceso de transformación de una economía cerrada a una abierta, o sea, de un modelo de industrialización vía sustitución de importaciones a un modelo secundario exportador, si bien acrecentó la importancia de las manufacturas también estimuló la concentración en algunas ramas sectoriales, y de forma sensible estimuló la importación de bienes intermedios ligados a dicha producción manufacturera, y marginó el necesario desarrollo del sector primario, poseedor por cierto de una parte muy importante de la ocupación en el sector tradicional o no capitalista de la economía. Así, una economía dual como la mexicana se caracteriza por la existencia de mano de obra excedente, concentrada el sector de subsistencia.
El efecto de este proceso en el mercado laboral de profesionistas es también contradictorio. Por un lado, los niveles salariales de los profesionistas ocupados en los sectores modernos de la economía se ven incentivados hacia el alza y, por el otro, se reduce, en términos relativos, los empleos profesionales decentes, exigiendo en ambos casos, mejores credenciales y habilidades para dichos puestos de trabajo. Sin embargo, sólo para los puestos profesionales no directivos existe un constante deterioro de su calidad, esto es, empleos precarios con bajos salarios, inseguros, y con pocas perspectivas de desarrollo profesional. La diferencia medida como salario manufacturero/salario mínimo en México fue de 360% en 1990, y para el año 2000 dicha diferencia fue de 720% (Hernández Laos, 2005, p. 124).
En efecto, lo que vamos a percibir es una reforma laboral, legal y de hecho, acorde con la apertura comercial y de capitales en nuestro país. Los sectores capitalistas, y en particular los más dinámicos identificados por su sesgo hacia el cambio tecnológico y a la inversión extranjera directa, por ser intensivos en capital físico y humano, tienden a incrementar su demanda de mano de los profesionistas, que en un momento determinado pudieron haber impulsado los salarios hacia arriba (generando con ello rigideces de oferta), sin embargo, la necesidad de las empresas de ampliar su competitividad ha desembocado en la exigencia, y puesta en práctica, de una flexibilidad numérica, funcional y salarial de las relaciones laborales buscando un incremento de la productividad media del trabajo.
Tribulaciones de la cultura en México / I
JULIO GLOCKNER
``El México actual, como compleja realidad multicultural, surge en las primeras décadas del siglo XVI, en la confluencia de esas dos grandes corrientes civilizatorias que fueron la mesoamericana y la occidental. La primera comprendiendo una gama que se remonta a los olmecas del Golfo y pasa por todas las grandes culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca, la tolteca, la totonaca, la huasteca, la nahua... que tenían entre sí grandes semejanzas en cuanto a su desarrollo tecnológico, sus formas de producción y organización social y su cosmovisión; la segunda, encarnada históricamente en oleadas de emigrantes peninsulares, era portadora de un amplio y variado bagaje cultural formado por las tradiciones celta, ibera, fenicia, grecorromana, goda, judía y árabe.
300 años después, cuando el mestizaje hubo alcanzado un alto grado de desarrollo y se había consolidado una relación de dominio y subordinación cultural tanto al exterior, con la metrópoli española, como al interior del país, México surge como nación al independizarse de España. La independencia de ninguna manera implicó un rompimiento con los patrones culturales de occidente, que después de 300 años de colonización estaban perfectamente arraigados en las prácticas y la mentalidad de los criollos y mestizos que decidirían el futuro de la nación. En tres grandes periodos podríamos reconocer la influencia que ha tenido la cultura occidental en México, en un principio exclusivamente sobre las culturas indias, y más tarde sobre ese complejo híbrido, producto de lo mesoamericano y lo europeo, que hemos convenido en llamar cultura nacional. El primero duró tres siglos y podríamos llamarlo de españolización. Durante este periodo se produjeron las grandes transformaciones materiales y espirituales que consolidaron de una vez y para siempre la presencia de la cultura occidental en estas tierras: del arado y el cultivo del trigo y los huertos, a la lengua castellana, el alfabeto y el cristianismo como ética y cosmovisión; el segundo periodo, que podríamos denominar de afrancesamiento, ocurrió sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX y está vinculado, desde luego, al imperio de Maximiliano. La influencia francesa se filtró en la cultura nacional en la arquitectura, la literatura, los tratados de política, las artes y las ciencias; el tercer periodo, que podríamos llamar de americanización es particularmente intenso desde el final de la Segunda Guerra Mundial y se prolonga con una fuerza cada vez mayor durante nuestros días. El modelo de vida estadounidense, con su pragmatismo, simplicidad y confort ha impactado las culturas y los mercados del mundo entero. De la comida instantánea, a la internet, de la lavadora automática a los mercados financieros y la pantalla de televisión, la cultura estadounidense lo ha invadido todo. La frontera que compartimos con ellos nos obliga a compartir un destino. Pocos países tienen una relación tan estrecha, tan dependiente y con tantas posibilidades de ser conflictiva.
Que México sea un país multicultural y que se reconozca a sí mismo, aunque tardíamente, como tal, implica muchos y muy diversos problemas que tienen que ver con aspectos económicos, políticos, legislativos, educativos, de salud pública, y culturales en general. Si México fuera una nación culturalmente homogénea tal vez se facilitaría la tarea en todos estos campos, pero no es así, vivimos en un país sumamente complejo en el que cualquier camino de terracería nos conduce a un ámbito cultural distinto al de la moderna ciudad occidental.
Desde su nacimiento en los albores del siglo XIX el Estado mexicano ha hecho un esfuerzo perseverante por consolidar una nación. Esta gigantesca tarea se ha llevado a cabo partiendo de un principio liberal que hasta la fecha ha sido inamovible (a pesar de las reformas constitucionales que reconocen la diversidad cultural del país), ese principio establece que la unidad nacional se construye a través de la unidad cultural.
Este principio alcanzó su expresión más acabada en el nacionalismo revolucionario que inició con las instituciones y proyectos implementados en el terreno de la educación y la cultura por José Vasconcelos, encontró momentos de una entrega entusiasta con las misiones culturales y la educación socialista durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, para después convertirse gradualmente en un ejercicio demagógico e inútil debido a que el afán por construir una sociedad culturalmente uniforme ha mostrado ser un rotundo fracaso.
Pongamos por un momento nuestra atención en una de las fuentes del siglo XIX que alentaron la idea, durante todo el siglo XX, de que era posible, como una condición indispensable para el desarrollo, asimilar culturalmente a la población indígena disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como la única solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luis Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:
“Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores”.
La terquedad y la “falta de cultura” como elementos explicativos del atraso atribuido a los indios, sustituyen en este discurso decimonónico al engaño por parte del diablo y a la ausencia de la verdadera religión, que fueron los argumentos que utilizaron los evangelizadores del periodo virreinal para justificar la urgente tarea de transformar el alma de los indios y convertirlos en auténticos cristianos.
La terquedad de los indios es, sin duda, uno de los mitos etnocentristas que desde el mundo urbano se ha forjado en torno a ellos y su cultura. Es muy significativo lo que dice José María Luis Mora respecto a que la terquedad de los indios es el resultado de su “falta de cultura”, pues esto revela la creencia, que llega hasta nuestros días, de que “la cultura” y “la civilización” la poseen únicamente los habitantes de las ciudades.
No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:
“La agricultura mexicana –decía– hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo”.
Esta fue una de las ideas que durante el porfiriato estimuló la política estatal de atraer inmigrantes extranjeros y ubicarlos en asentamientos a lo largo y ancho del país. Esta sigue siendo la política que ha propiciado el abandono del campo, el abandono de la agricultura campesina que hoy expulsa a millones de jóvenes mixtecos, nahuas y mestizos a los Estados Unidos. Estas son las ideas y esta es la política que está abriendo nuestra agricultura a la siembra de maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que de continuar pondrá en un serio riesgo las variedades de maíz que existen en México como país de origen, en cuyo territorio se comenzó a cultivar hace aproximadamente 8 mil años.
El Congreso del estado de Tlaxacala acaba de aprobar la prohibición para sembrar maíz transgénico, una loable medida en defensa de la economía y la cultura campesina que sería muy conveniente implementar en Puebla.''
Tomado de La Jornada de Oriente.
``El México actual, como compleja realidad multicultural, surge en las primeras décadas del siglo XVI, en la confluencia de esas dos grandes corrientes civilizatorias que fueron la mesoamericana y la occidental. La primera comprendiendo una gama que se remonta a los olmecas del Golfo y pasa por todas las grandes culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca, la tolteca, la totonaca, la huasteca, la nahua... que tenían entre sí grandes semejanzas en cuanto a su desarrollo tecnológico, sus formas de producción y organización social y su cosmovisión; la segunda, encarnada históricamente en oleadas de emigrantes peninsulares, era portadora de un amplio y variado bagaje cultural formado por las tradiciones celta, ibera, fenicia, grecorromana, goda, judía y árabe.
300 años después, cuando el mestizaje hubo alcanzado un alto grado de desarrollo y se había consolidado una relación de dominio y subordinación cultural tanto al exterior, con la metrópoli española, como al interior del país, México surge como nación al independizarse de España. La independencia de ninguna manera implicó un rompimiento con los patrones culturales de occidente, que después de 300 años de colonización estaban perfectamente arraigados en las prácticas y la mentalidad de los criollos y mestizos que decidirían el futuro de la nación. En tres grandes periodos podríamos reconocer la influencia que ha tenido la cultura occidental en México, en un principio exclusivamente sobre las culturas indias, y más tarde sobre ese complejo híbrido, producto de lo mesoamericano y lo europeo, que hemos convenido en llamar cultura nacional. El primero duró tres siglos y podríamos llamarlo de españolización. Durante este periodo se produjeron las grandes transformaciones materiales y espirituales que consolidaron de una vez y para siempre la presencia de la cultura occidental en estas tierras: del arado y el cultivo del trigo y los huertos, a la lengua castellana, el alfabeto y el cristianismo como ética y cosmovisión; el segundo periodo, que podríamos denominar de afrancesamiento, ocurrió sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX y está vinculado, desde luego, al imperio de Maximiliano. La influencia francesa se filtró en la cultura nacional en la arquitectura, la literatura, los tratados de política, las artes y las ciencias; el tercer periodo, que podríamos llamar de americanización es particularmente intenso desde el final de la Segunda Guerra Mundial y se prolonga con una fuerza cada vez mayor durante nuestros días. El modelo de vida estadounidense, con su pragmatismo, simplicidad y confort ha impactado las culturas y los mercados del mundo entero. De la comida instantánea, a la internet, de la lavadora automática a los mercados financieros y la pantalla de televisión, la cultura estadounidense lo ha invadido todo. La frontera que compartimos con ellos nos obliga a compartir un destino. Pocos países tienen una relación tan estrecha, tan dependiente y con tantas posibilidades de ser conflictiva.
Que México sea un país multicultural y que se reconozca a sí mismo, aunque tardíamente, como tal, implica muchos y muy diversos problemas que tienen que ver con aspectos económicos, políticos, legislativos, educativos, de salud pública, y culturales en general. Si México fuera una nación culturalmente homogénea tal vez se facilitaría la tarea en todos estos campos, pero no es así, vivimos en un país sumamente complejo en el que cualquier camino de terracería nos conduce a un ámbito cultural distinto al de la moderna ciudad occidental.
Desde su nacimiento en los albores del siglo XIX el Estado mexicano ha hecho un esfuerzo perseverante por consolidar una nación. Esta gigantesca tarea se ha llevado a cabo partiendo de un principio liberal que hasta la fecha ha sido inamovible (a pesar de las reformas constitucionales que reconocen la diversidad cultural del país), ese principio establece que la unidad nacional se construye a través de la unidad cultural.
Este principio alcanzó su expresión más acabada en el nacionalismo revolucionario que inició con las instituciones y proyectos implementados en el terreno de la educación y la cultura por José Vasconcelos, encontró momentos de una entrega entusiasta con las misiones culturales y la educación socialista durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, para después convertirse gradualmente en un ejercicio demagógico e inútil debido a que el afán por construir una sociedad culturalmente uniforme ha mostrado ser un rotundo fracaso.
Pongamos por un momento nuestra atención en una de las fuentes del siglo XIX que alentaron la idea, durante todo el siglo XX, de que era posible, como una condición indispensable para el desarrollo, asimilar culturalmente a la población indígena disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como la única solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luis Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:
“Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores”.
La terquedad y la “falta de cultura” como elementos explicativos del atraso atribuido a los indios, sustituyen en este discurso decimonónico al engaño por parte del diablo y a la ausencia de la verdadera religión, que fueron los argumentos que utilizaron los evangelizadores del periodo virreinal para justificar la urgente tarea de transformar el alma de los indios y convertirlos en auténticos cristianos.
La terquedad de los indios es, sin duda, uno de los mitos etnocentristas que desde el mundo urbano se ha forjado en torno a ellos y su cultura. Es muy significativo lo que dice José María Luis Mora respecto a que la terquedad de los indios es el resultado de su “falta de cultura”, pues esto revela la creencia, que llega hasta nuestros días, de que “la cultura” y “la civilización” la poseen únicamente los habitantes de las ciudades.
No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:
“La agricultura mexicana –decía– hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo”.
Esta fue una de las ideas que durante el porfiriato estimuló la política estatal de atraer inmigrantes extranjeros y ubicarlos en asentamientos a lo largo y ancho del país. Esta sigue siendo la política que ha propiciado el abandono del campo, el abandono de la agricultura campesina que hoy expulsa a millones de jóvenes mixtecos, nahuas y mestizos a los Estados Unidos. Estas son las ideas y esta es la política que está abriendo nuestra agricultura a la siembra de maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que de continuar pondrá en un serio riesgo las variedades de maíz que existen en México como país de origen, en cuyo territorio se comenzó a cultivar hace aproximadamente 8 mil años.
El Congreso del estado de Tlaxacala acaba de aprobar la prohibición para sembrar maíz transgénico, una loable medida en defensa de la economía y la cultura campesina que sería muy conveniente implementar en Puebla.''
Tomado de La Jornada de Oriente.
Sunday, January 2, 2011
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