JULIO GLOCKNER
``Volvamos a las fuentes de algunas ideas sobre las culturas indígenas que aún imperan en nuestro país. Otro ilustre liberal, Ignacio Ramírez, afirmaba que debido a su aislamiento y a la variedad de sus lenguas, los indios no podían definirse como mexicanos, puesto que, decía, “esas razas conservan todavía su nacionalidad, protegida por la familia y la lengua”. Ramírez y Altamirano heredaron de José María Luis Mora el punto de vista según el cual la sobre vivencia de los pueblos indios era un obstáculo a la integración social. En concordancia con esta concepción, un pedagogo del periodo porfiriano, de nombre José María Bonilla, hacía las siguientes recomendaciones al gobierno de la época en relación con la educación de los pueblos indígenas: “he dicho que los indios en general, son refractarios al adelanto, y en casi todos los pueblos las autoridades necesitan estar en guerra abierta contra los padres de familia, para obligarlos a enviar a sus hijos a la escuela. 50 por ciento de los niños indios que concurren a la escuela, salen casi tan ignorantes como cuando entraron, y como al separarse de la escuela se dedican de nuevo a las rudas tareas de sus padres, y adquieren todos sus vicios y costumbres, a las tres o cuatro años ya no saben nada de lo poco que aprendieron... La escuela, tal y como hoy está organizada, no consigue modificar las costumbres de los indios ni quitarles sus vicios, y mientras esto no se pueda conseguir, los progresos que se obtengan serán poco menos que nulos... Establézcanse escuelas de internado, obligatorias en todos los pueblos de la República, oblíguese a concurrir a ella a todos los niños desde los 4 hasta los 15 años de edad, procúrese que en ese tiempo los educandos no frecuenten su casa para no pervertirse con los malos ejemplos que ahí pudieran recibir, y creemos que se conseguirá el objeto deseado... Durante su infancia y parte de su adolescencia, los educandos acostumbrarían el calzado, el pantalón y ropa limpia, creemos que al salir de las escuelas difícilmente querrían volver a andar descalzos, semidesnudos y desaseados como ahora”.
Esta propuesta de exterminio cultural que refleja la exasperación de los intelectuales de una época y su ansioso deseo por obligar a los indios a que dejen de ser quienes son para convertirse en otra cosa, en niños y jóvenes alfabetizados exclusivamente en el castellano, en muchachos decididos a romper con todos sus referentes culturales para así poder ingresar, “limpios y peinados” a los patrones de la cultura occidental, no es ajena a nuestra época ni a los proyectos neoliberales de los políticos actuales. El racismo que se deja entrever en estas recomendaciones pedagógicas e higiénicas no tiene parangón, es una joya del pensamiento civilizatorio occidental. Estoy convencido de que los albergues del Instituto Nacional Indigenista estuvieron orientados aunque de un modo más sutil y acorde con la ideología del nacionalismo revolucionario, en este mismo sentido. Hoy lo siguen estando bajo los criterios etnocentristas de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Sin dejar de reconocer algunos logros, la orientación general de estas instituciones apunta a una occidentalización impuesta a las culturas indígenas como única vía para su desarrollo. No es que la occidentalización en sí misma sea perjudicial, es que las comunidades indígenas y campesinas tienen pocas posibilidades de decidir su propio futuro al no ser tomadas en cuenta en los asuntos que atañen a su vida.
La construcción de una identidad nacional es la finalidad última de este afanoso etnocentrismo, la construcción de un imaginario creado por el Estado posrevolucionario en el que podamos reconocernos todos como mexicanos. Pero la terca realidad ¡otra vez la terquedad, para desgracia del doctor Mora y sus discípulos! se empeñó en afirmar otro rumbo y otro destino para los pueblos indios, hasta que llegó el momento en que este modelo político de la cultura oficial entró en una profunda crisis. La rebelión de los indios en Chiapas y los acuerdos de San Andrés, que aún esperan alcanzar un rango constitucional, son la expresión más acabada de la crisis de ese modelo político.
El nacionalismo, como bien dijo Roger Bartra, es la transfiguración de las supuestas características de la identidad nacional al terreno de la ideología. El nacionalismo es una corriente política que establece una relación estructural entre la naturaleza de la cultura y las peculiaridades del Estado. En nuestro país las expresiones oficiales del nacionalismo nos dicen: si eres mexicano, debes votar por la revolución institucionalizada. Quienes no lo hacen traicionan su naturaleza profunda, o bien no son mexicanos. El nacionalismo es, pues, una ideología que se disfraza de cultura para ocultar los resortes íntimos de la dominación. (Bartra, Oficio Mexicano)
A lo largo del siglo XX el partido oficial (PNR, PRM y PRI) creó un Estado corporativo y logró construir una identidad nacional en los términos en que esta funciona actualmente, es decir, en términos abstractos y simbólicos. Digamos que desde la sierra tarahumara hasta la selva lacandona los pueblos indígenas se reconocen hoy como mexicanos, en el mejor de los casos, reconociendo una serie de símbolos patrios como la bandera, el himno y el escudo nacional. El problema es que la construcción de la identidad nacional nunca se correspondió, desde la perspectiva de los pueblos indios, con una incorporación a la nación en condiciones de vida más favorables. Es decir, han visto seriamente dañadas las estructuras y los valores de sus propias culturas sin haber accedido plenamente a los beneficios de la llamada cultura nacional. A fin de cuentas han perdido más de lo que han obtenido a cambio. El proceso de construcción de la nación no ha sabido compensar, en beneficios materiales y espirituales, el deterioro de sus culturas tradicionales. Hoy los jóvenes mixtecos, por ejemplo, se preocupan más por aprender inglés y abrirse paso hacia los Estados Unidos, que permanecer castellanizados, desempleados y sin futuro en su país. El Estado mexicano optó por una modernización que no ha sido capaz de desarrollar democráticamente y en función de un bienestar generalizado, conduciendo a los pueblos indígenas a un callejón sin salida, o más bien, a una única salida: la frontera norte.
A pesar de que en la política indigenista se sustituyó el término “asimilación”, que implicaba la desaparición de las culturas indígenas, por el concepto de “integración”, en el que supuestamente se incorporarían a la sociedad nacional en un proceso gradual, en el que los pueblos indios harían sus propias aportaciones a la sociedad nacional y tomarían de ella todo aquello que pudiera beneficiarles sin poner en riesgo los fundamentos de su propia cultura, a pesar de las buenas intenciones y el trabajo constante de varias generaciones de indigenistas, el fracaso está a la vista.''
Tomado de La Jornada de Oriente
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