JULIO GLOCKNER
``El México actual, como compleja realidad multicultural, surge en las primeras décadas del siglo XVI, en la confluencia de esas dos grandes corrientes civilizatorias que fueron la mesoamericana y la occidental. La primera comprendiendo una gama que se remonta a los olmecas del Golfo y pasa por todas las grandes culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca, la tolteca, la totonaca, la huasteca, la nahua... que tenían entre sí grandes semejanzas en cuanto a su desarrollo tecnológico, sus formas de producción y organización social y su cosmovisión; la segunda, encarnada históricamente en oleadas de emigrantes peninsulares, era portadora de un amplio y variado bagaje cultural formado por las tradiciones celta, ibera, fenicia, grecorromana, goda, judía y árabe.
300 años después, cuando el mestizaje hubo alcanzado un alto grado de desarrollo y se había consolidado una relación de dominio y subordinación cultural tanto al exterior, con la metrópoli española, como al interior del país, México surge como nación al independizarse de España. La independencia de ninguna manera implicó un rompimiento con los patrones culturales de occidente, que después de 300 años de colonización estaban perfectamente arraigados en las prácticas y la mentalidad de los criollos y mestizos que decidirían el futuro de la nación. En tres grandes periodos podríamos reconocer la influencia que ha tenido la cultura occidental en México, en un principio exclusivamente sobre las culturas indias, y más tarde sobre ese complejo híbrido, producto de lo mesoamericano y lo europeo, que hemos convenido en llamar cultura nacional. El primero duró tres siglos y podríamos llamarlo de españolización. Durante este periodo se produjeron las grandes transformaciones materiales y espirituales que consolidaron de una vez y para siempre la presencia de la cultura occidental en estas tierras: del arado y el cultivo del trigo y los huertos, a la lengua castellana, el alfabeto y el cristianismo como ética y cosmovisión; el segundo periodo, que podríamos denominar de afrancesamiento, ocurrió sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX y está vinculado, desde luego, al imperio de Maximiliano. La influencia francesa se filtró en la cultura nacional en la arquitectura, la literatura, los tratados de política, las artes y las ciencias; el tercer periodo, que podríamos llamar de americanización es particularmente intenso desde el final de la Segunda Guerra Mundial y se prolonga con una fuerza cada vez mayor durante nuestros días. El modelo de vida estadounidense, con su pragmatismo, simplicidad y confort ha impactado las culturas y los mercados del mundo entero. De la comida instantánea, a la internet, de la lavadora automática a los mercados financieros y la pantalla de televisión, la cultura estadounidense lo ha invadido todo. La frontera que compartimos con ellos nos obliga a compartir un destino. Pocos países tienen una relación tan estrecha, tan dependiente y con tantas posibilidades de ser conflictiva.
Que México sea un país multicultural y que se reconozca a sí mismo, aunque tardíamente, como tal, implica muchos y muy diversos problemas que tienen que ver con aspectos económicos, políticos, legislativos, educativos, de salud pública, y culturales en general. Si México fuera una nación culturalmente homogénea tal vez se facilitaría la tarea en todos estos campos, pero no es así, vivimos en un país sumamente complejo en el que cualquier camino de terracería nos conduce a un ámbito cultural distinto al de la moderna ciudad occidental.
Desde su nacimiento en los albores del siglo XIX el Estado mexicano ha hecho un esfuerzo perseverante por consolidar una nación. Esta gigantesca tarea se ha llevado a cabo partiendo de un principio liberal que hasta la fecha ha sido inamovible (a pesar de las reformas constitucionales que reconocen la diversidad cultural del país), ese principio establece que la unidad nacional se construye a través de la unidad cultural.
Este principio alcanzó su expresión más acabada en el nacionalismo revolucionario que inició con las instituciones y proyectos implementados en el terreno de la educación y la cultura por José Vasconcelos, encontró momentos de una entrega entusiasta con las misiones culturales y la educación socialista durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, para después convertirse gradualmente en un ejercicio demagógico e inútil debido a que el afán por construir una sociedad culturalmente uniforme ha mostrado ser un rotundo fracaso.
Pongamos por un momento nuestra atención en una de las fuentes del siglo XIX que alentaron la idea, durante todo el siglo XX, de que era posible, como una condición indispensable para el desarrollo, asimilar culturalmente a la población indígena disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como la única solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luis Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:
“Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores”.
La terquedad y la “falta de cultura” como elementos explicativos del atraso atribuido a los indios, sustituyen en este discurso decimonónico al engaño por parte del diablo y a la ausencia de la verdadera religión, que fueron los argumentos que utilizaron los evangelizadores del periodo virreinal para justificar la urgente tarea de transformar el alma de los indios y convertirlos en auténticos cristianos.
La terquedad de los indios es, sin duda, uno de los mitos etnocentristas que desde el mundo urbano se ha forjado en torno a ellos y su cultura. Es muy significativo lo que dice José María Luis Mora respecto a que la terquedad de los indios es el resultado de su “falta de cultura”, pues esto revela la creencia, que llega hasta nuestros días, de que “la cultura” y “la civilización” la poseen únicamente los habitantes de las ciudades.
No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:
“La agricultura mexicana –decía– hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo”.
Esta fue una de las ideas que durante el porfiriato estimuló la política estatal de atraer inmigrantes extranjeros y ubicarlos en asentamientos a lo largo y ancho del país. Esta sigue siendo la política que ha propiciado el abandono del campo, el abandono de la agricultura campesina que hoy expulsa a millones de jóvenes mixtecos, nahuas y mestizos a los Estados Unidos. Estas son las ideas y esta es la política que está abriendo nuestra agricultura a la siembra de maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que de continuar pondrá en un serio riesgo las variedades de maíz que existen en México como país de origen, en cuyo territorio se comenzó a cultivar hace aproximadamente 8 mil años.
El Congreso del estado de Tlaxacala acaba de aprobar la prohibición para sembrar maíz transgénico, una loable medida en defensa de la economía y la cultura campesina que sería muy conveniente implementar en Puebla.''
Tomado de La Jornada de Oriente.
``El México actual, como compleja realidad multicultural, surge en las primeras décadas del siglo XVI, en la confluencia de esas dos grandes corrientes civilizatorias que fueron la mesoamericana y la occidental. La primera comprendiendo una gama que se remonta a los olmecas del Golfo y pasa por todas las grandes culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca, la tolteca, la totonaca, la huasteca, la nahua... que tenían entre sí grandes semejanzas en cuanto a su desarrollo tecnológico, sus formas de producción y organización social y su cosmovisión; la segunda, encarnada históricamente en oleadas de emigrantes peninsulares, era portadora de un amplio y variado bagaje cultural formado por las tradiciones celta, ibera, fenicia, grecorromana, goda, judía y árabe.
300 años después, cuando el mestizaje hubo alcanzado un alto grado de desarrollo y se había consolidado una relación de dominio y subordinación cultural tanto al exterior, con la metrópoli española, como al interior del país, México surge como nación al independizarse de España. La independencia de ninguna manera implicó un rompimiento con los patrones culturales de occidente, que después de 300 años de colonización estaban perfectamente arraigados en las prácticas y la mentalidad de los criollos y mestizos que decidirían el futuro de la nación. En tres grandes periodos podríamos reconocer la influencia que ha tenido la cultura occidental en México, en un principio exclusivamente sobre las culturas indias, y más tarde sobre ese complejo híbrido, producto de lo mesoamericano y lo europeo, que hemos convenido en llamar cultura nacional. El primero duró tres siglos y podríamos llamarlo de españolización. Durante este periodo se produjeron las grandes transformaciones materiales y espirituales que consolidaron de una vez y para siempre la presencia de la cultura occidental en estas tierras: del arado y el cultivo del trigo y los huertos, a la lengua castellana, el alfabeto y el cristianismo como ética y cosmovisión; el segundo periodo, que podríamos denominar de afrancesamiento, ocurrió sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX y está vinculado, desde luego, al imperio de Maximiliano. La influencia francesa se filtró en la cultura nacional en la arquitectura, la literatura, los tratados de política, las artes y las ciencias; el tercer periodo, que podríamos llamar de americanización es particularmente intenso desde el final de la Segunda Guerra Mundial y se prolonga con una fuerza cada vez mayor durante nuestros días. El modelo de vida estadounidense, con su pragmatismo, simplicidad y confort ha impactado las culturas y los mercados del mundo entero. De la comida instantánea, a la internet, de la lavadora automática a los mercados financieros y la pantalla de televisión, la cultura estadounidense lo ha invadido todo. La frontera que compartimos con ellos nos obliga a compartir un destino. Pocos países tienen una relación tan estrecha, tan dependiente y con tantas posibilidades de ser conflictiva.
Que México sea un país multicultural y que se reconozca a sí mismo, aunque tardíamente, como tal, implica muchos y muy diversos problemas que tienen que ver con aspectos económicos, políticos, legislativos, educativos, de salud pública, y culturales en general. Si México fuera una nación culturalmente homogénea tal vez se facilitaría la tarea en todos estos campos, pero no es así, vivimos en un país sumamente complejo en el que cualquier camino de terracería nos conduce a un ámbito cultural distinto al de la moderna ciudad occidental.
Desde su nacimiento en los albores del siglo XIX el Estado mexicano ha hecho un esfuerzo perseverante por consolidar una nación. Esta gigantesca tarea se ha llevado a cabo partiendo de un principio liberal que hasta la fecha ha sido inamovible (a pesar de las reformas constitucionales que reconocen la diversidad cultural del país), ese principio establece que la unidad nacional se construye a través de la unidad cultural.
Este principio alcanzó su expresión más acabada en el nacionalismo revolucionario que inició con las instituciones y proyectos implementados en el terreno de la educación y la cultura por José Vasconcelos, encontró momentos de una entrega entusiasta con las misiones culturales y la educación socialista durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, para después convertirse gradualmente en un ejercicio demagógico e inútil debido a que el afán por construir una sociedad culturalmente uniforme ha mostrado ser un rotundo fracaso.
Pongamos por un momento nuestra atención en una de las fuentes del siglo XIX que alentaron la idea, durante todo el siglo XX, de que era posible, como una condición indispensable para el desarrollo, asimilar culturalmente a la población indígena disolviendo sus formas de vida arcaica en las de una modernidad que se presentaba como la única solución a nuestros problemas de atraso y pobreza respecto a las demás naciones. Escuchemos al doctor José María Luis Mora, uno de los liberales más connotados del siglo pasado:
“Una de las cosas que impiden e impedirán los progresos de los indígenas en todas las líneas, es la tenacidad con que aprenden los objetos y la absoluta imposibilidad de hacerlos variar de opinión: esta terquedad que por una parte es el efecto de su falta de cultura, es por otra el origen de sus atrasos y la fuente inagotable de sus errores”.
La terquedad y la “falta de cultura” como elementos explicativos del atraso atribuido a los indios, sustituyen en este discurso decimonónico al engaño por parte del diablo y a la ausencia de la verdadera religión, que fueron los argumentos que utilizaron los evangelizadores del periodo virreinal para justificar la urgente tarea de transformar el alma de los indios y convertirlos en auténticos cristianos.
La terquedad de los indios es, sin duda, uno de los mitos etnocentristas que desde el mundo urbano se ha forjado en torno a ellos y su cultura. Es muy significativo lo que dice José María Luis Mora respecto a que la terquedad de los indios es el resultado de su “falta de cultura”, pues esto revela la creencia, que llega hasta nuestros días, de que “la cultura” y “la civilización” la poseen únicamente los habitantes de las ciudades.
No es de extrañar entonces que una de las conclusiones del doctor Mora fuese la siguiente:
“La agricultura mexicana –decía– hará considerables progresos luego que acabe de salir de las manos del indio nativo y pase a las manos del europeo”.
Esta fue una de las ideas que durante el porfiriato estimuló la política estatal de atraer inmigrantes extranjeros y ubicarlos en asentamientos a lo largo y ancho del país. Esta sigue siendo la política que ha propiciado el abandono del campo, el abandono de la agricultura campesina que hoy expulsa a millones de jóvenes mixtecos, nahuas y mestizos a los Estados Unidos. Estas son las ideas y esta es la política que está abriendo nuestra agricultura a la siembra de maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que de continuar pondrá en un serio riesgo las variedades de maíz que existen en México como país de origen, en cuyo territorio se comenzó a cultivar hace aproximadamente 8 mil años.
El Congreso del estado de Tlaxacala acaba de aprobar la prohibición para sembrar maíz transgénico, una loable medida en defensa de la economía y la cultura campesina que sería muy conveniente implementar en Puebla.''
Tomado de La Jornada de Oriente.
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